Generosidad y Confianza
Liturgia dominical
Dos viudas pobres dan color a las lecturas de este domingo. La una se fía de la palabra de Elías y le hace un panecillo con la exigua harina y el poco de aceite que le queda... y recibe una recompensa multiplicada. La otra echa «dos reales» y recibe el elogio del Señor: «Ha echado más que nadie. Porque los demás echan de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado lo que tenía para vivir». Son ejemplo de creyentes: personas que confían en Dios, que tienen muy poco, pero no se aferran a ello, no dan los restos, sino lo que necesitan. Dios no quiere que demos lo que nos sobra y menos el dar alardeando de generosidad, como si tuviera más mérito.
La satisfacción por tener grandes tesoros acumulados, la fútil confianza del granjero que almacena su cosecha, la seguridad de los propietarios, nada tienen que ver con la fe. De este error quiere librarnos el Señor. Quiere enseñarnos a poner en Él nuestra confianza y a desprendernos de las seguridades en nosotros mismos. Lo que eres, eso eres, y no debes creerte que vales más de lo que eres ante Dios. Cuando dejamos que sea Dios mismo, con su amor y misericordias, el que nos valore, sentimos una gran paz y un inmenso alivio. De ahí nacerá la disposición a compartir con sencillez y generosidad nuestra vida. En esto se resume la enseñanza de Jesús, que es camino para el cristiano. Celebrar la Eucaristía significa querer vivir así, porque compartimos la entrega generosa y sencilla de Jesucristo a través de estos signos tan sencillos y pobres como son el pan y el vino, pero que son toda su vida entregada hasta la muerte por nosotros. El auténtico creyente es quien puede decir del Señor: Le conozco bastante para saber que mañana no se va a olvidar de mí, como tampoco se ha olvidado hoy, y porque Él no se olvida de mí, yo tampoco lo hago de los que son como yo.
El ejemplo supremo, la plena realización del amor a Dios y a los hombres, es el mismo Cristo. Nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura: Cristo, de una sola vez y sin reservas, se entregó totalmente a Dios y a los hombres. El mismísimo acto de amor supremo que es la esencia del sacrificio de la cruz, es inseparablemente un acto de amor al Padre y a los hombres. Esta es la entrega por la que Cristo alcanza para sí la gloria de la Resurrección: «El que da la vida, la gana».