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PEDRO TRAPIELLO
León

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Se rindió abril, mes que gusta de robar el destino si viene con envidia de la primavera y celoso de la gente que es la sabia de su casa, de su sitio y de los suyos.

¿Quién me ha robado el mes de abril?, cantaba Sabina. ¿Quién convirtió este abril en losa?, maldijeron ayer todos los que conocieron el coraje risueño y la contagiosa decisión con la que Merche batalló tanto tiempo contra el fatum sin rendirse hasta poner furiosa a la muerte que al final, además de envidiosa, se vuelve despiadada y ciega sin respetar edad temprana.

Otro abril robado.

Pero no su lección. La entereza serena de esta mujer aquí queda, aunque quede también su gran vacío, el que ahora permitirá medir mejor su talla y el silencio de su ausencia, el ajetreo de la madre, el amparo de la hermana, la palabra de la amiga.

Hablo de Merche Casares que ha dejado rotos y sin base a todos los suyos, que son tantos, y en especial a su mitad, Andrés Martínez Trapiello (entre trapiellos hay hasta seis andreses y eso es muy buena seña), y a sus tres hijos, Nacho, Virginia y Andresillo, que con su tío y colega Javi Casares ha hecho de la cámara de fotos un lenguaje periodístico incontestable y prolífico, aunque sus caras eran ayer la pura imagen de otra foto, la del dolor y el desamparo ante un campo devastado y talado de su árbol guía, el de la gran sombra.

Nunca se sabe en estos casos de qué modo aliviar o consolar a quienes quedan perdidos tras una muerte cercana y tirana, quizá porque no hay modo ni argumentos para hacerlo más allá del abrazo y el condolor que hace piña para no dejarle hueco a la desesperanza o a la rendición.

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Pero al aventar hoy sus cenizas en la querencia del origen, donde sus padres, en la Boadilla terracampina, cuando el mar de mieses es ahora oleaje verde y promesa, un sol de mayo sobrepondrá su luz a la muerte anunciando nueva fecundidad en esa criatura de Nacho en camino que conocerá a su abuela por el retrato inmenso que dibujará nuestra memoria... y el canto de las alondras será el mejor responso.