A la luz del pecado
La culpa, el perdón, la penitencia, el remordimiento, la reconciliación... el sacramento de la confesión es una de las características más singulares de la religión católica y, sin embargo, sigue siendo una de las más desconocidas....

Imagen del confesionario de la Basílica de San Isidoro. SARA CAMPOS
cristina fanjul | león
«Tan sólo en una ocasión he negado la absolución. Me había dicho que odiaba a una persona tanto, que cada día pensaba con satisfacción en el día de su muerte»... El sacerdotes Juan Carlos Fernández Menes lleva casi treinta años impartiendo el sacramento de la penitencia y destaca que su experiencia personal es «positiva». Cuenta que la confesión que más le ha sobrecogido fue la de una mujer de 90 años que estaba muy enferma. «Confesó que había cometido un aborto a los 17 años. En realidad, lo que me dijo fue que le habían obligado a practicárselo durante la Guerra Civil. Esta mujer me aseguró que llevaba toda la vida confesándose de este pecado, pero que no era capaz de perdonárselo a sí misma».
Y es que, como el sacerdote Luis García Gutiérrez subraya, todos necesitamos hablar de nuestra vida, desahogarnos sin que los demás tengan por qué saberlo. «Mucha gente necesita que la acojan, encontrar a alguien cabal que le pueda orientar de temas humanos».
La confesión puede ser contemplado a la luz de distintas facetas humanas: antropológica, literaria, psiquiátrica y, por supuesto, religiosa, de ahí que tenga tantos nombres: sacramento de la confesión, de la penitencia, de la reconciliación. «Es el perdón que Dios ofrece y que el penitente acoge. La penitencia es la recuperación de lo que sucedió en el bautismo, y la capacitación para la Eucaristía», destaca el liturgista Luis García Gutiérrez, que sostiene, al igual que Juan Carlos Fernández, que el problema que a veces presenta el sacramento es que se presente de manera independiente. «Siempre debe ir coordinado con la fe. Lo que ocurre es que tendemos a recurrir a la oración cuando nos vemos con el agua al cuello y orar supone reconocer a Dios, orar es la actitud que deja que Dios sea Dios, y Dios nos ha dado la capacidad de rectificar». El sacerdote destaca que hay tres errores cuando se habla de confesión: el error pagano, puesto que en todas las religiones hay gestos penitenciales, el judío, que confunde la penitencia con una conversión a un código legal, y el error griego, que lo reduce a aspectos puramente filosóficos. «No. La penitencia es una vuelta a Dios, es confrontar la vida con Cristo en relación al prójimo porque, verá, Dios no nos necesita para nada. Le da igual lo que hagamos. La auténtica penitencia es, como le digo, orientar la vida a Dios».
Recuerda Luis García Gutiérrez que en el cristianismo primitivo existía una figura conocida como penitencia pública para pecados graves: homicidio, adulterio e idolatría. En esos casos, se producía una acusación ante el obispo, un tiempo de penitencia, que podía durar años, y una absolución. «Era casi como una acusación judicial», precisa el sacerdote, que lo contrapone al sacramento actual. «Ahora, se incide en la misericordia de Dios porque no se espera que el fiel haga nada».
Una de las características del sacramento es que la culpa no juega ningún papel, no tiene sentido. «Se dice que la pena por un pecado perdonado es otro pecado», destaca García Gutiérrez, a lo que Fernández Menes añade que la liturgia del sacramento se basa en la conocida frase ‘perdono y olvido’. «La penitencia implica un nuevo modo de vivir, supone tratar a los demás como queremos que Dios nos trate a nosotros. Por eso, cuando sales del confesionario, lo haces exactamente igual que cuando te bautizaron. Pero, claro, tienes que creértelo».... «Sí», añade Luis García, que alerta contra la tentación de convertir la fe en piedad: «Dios no nos pide éxito, sino fidelidad», y añade la conocida frase de San Agustín: «Detrás de todo santo hay un pecador y delante de un pecador, puede haber un santo».
Práctica
Luis García Gutiérrez asegura que, dado los tiempos que corren, «los que acuden a confesarse vienen porque quieren, «de manera libre y voluntaria». «Lo qué sí se percibe es falta de madurez. Muchos cristianos son dependientes de la confesión que aprendieron de pequeños».
Luis García sostiene que, a pesar de que resulte políticamente incorrecto, el pecado que con mayor brutalidad marca es el aborto. «No para los médicos, sino a las madres. Es un pecado que tarda mucho en confesarse, que requiere más tiempo que otros, como el homicidio, por ejemplo, que marca a la mujer de manera sobresaliente», asegura.
Luis García advierte de que hay pecados que no todos los curas tienen la facultad de absolver. «En esos casos es el penitenciario de la Catedral o San Isidoro el que debe hacerlo», destaca, y añade que en algunos casos el fiel puede ser absuelto por el sacerdote que, con posterioridad, se lo comunica al obispo.
El sacerdote defiende que este sacramento permite conocer el nivel de formación que tiene el fiel, así como el tipo de ‘movimiento’ al que pertenece. «No se confiesa igual un miembro del Opus Dei que un integrante de Camino Neocatecumenal». García Gutiérrez revela que hay fieles para los que cualquier cosa que hacen es pecado. «Acuden a confesión más de tres veces al día. Es como una especie de trastorno obsesivo compulsivo», explica, al tiempo que advierte de que el imperio de la subjetividad que hay en la sociedad actual tiene también su plasmación en el confesionario. «Hay personas que dicen que ellas se confiesan con Dios y no con la Iglesia, pero es que todos necesitamos a alguien que haga de espejo de nuestros pecados», destaca, al tiempo que explica que un sacerdote no tiene por qué estar confesado para confesar. «Eso es la herejía del donetismo, que decía que sólo los curas santos podían dar los sacramentos. No, un pecador también puede impartirlos, ¡ah! y otra cosa, no se puede convertir el confesionario en un ajuste de cuentas»...