Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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L a primera lectura de este domingo XVIII del Tiempo Ordinario comienza con la célebre reflexión de la literatura bíblica sapiencial (libro del Eclesiastés o Qohelet), tantas veces repetida: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?». Se pueden tener muchas cosas y estar vacío por dentro. Se puede ser humanamente rico y espiritualmente pobre. El egoísmo de acumular, de acaparar y de llenar bien los propios graneros nos puede dejar vacíos ante Dios. En el Evangelio, Jesús utiliza un lenguaje parecido al del antiguo sabio de Israel, autor del texto anteriormente citado, al condenar la voluntad explícita de querer solamente almacenar para uno mismo, olvidándose de lo fundamental: la urgencia y necesidad de ser rico ante Dios.

Es oportuno volver a recordar que el ideal, el sueño dorado de todo ser humano, aquello que a uno le satisface plenamente, no debe ser la posesión, la acumulación y el disfrute de los bienes de la tierra. «Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Hay un hecho muy importante, el hombre al morir no puede llevarse ninguno de sus bienes materiales. Esto significa que no debe pasarse la vida afanándose por reunir tesoros para sí mismo como única obsesión, que acabará por ser la única preocupación, el único objeto que nos ofrece tranquilidad, el único camino de la felicidad. Y todo eso porque, en el momento más inesperado (esta misma noche puede sernos arrebatado todo), la vida se nos evade de nuestras manos. Pensar solamente en la riqueza material con desprecio y marginación de la riqueza espiritual es un grave error, pues los bienes materiales, los de esta tierra, han de ser entendidos y usados en la perspectiva y valoración de los bienes espirituales, del cielo.

La cuestión no es algo secundario y pasajero, porque en realidad se está hablando del «sentido de la vida», o sea, de la dirección fundamental, de su orientación, de eso hacia lo que tiende y camina nuestro ser, nuestro pensar, nuestro querer. El sentido de la vida, la opción fundamental de nuestra existencia, es lo que, al fin y al cabo, justifica este duro caminar por el desierto, sufriendo el cansancio y el trabajo, luchando y muriendo, estudiando y descansando, comprando y vendiendo... Y es ese sentido lo que da un valor humano no solo a los bienes que poseamos sino a cualquier actividad que llevemos a cabo. Es desde este sentido de la vida como el hombre se enriquece interiormente, dejando de ser una máquina de hacer o de tener cosas, para pasar a transformarse en un ser creador y consciente de sí mismo y de su futuro. Podríamos preguntarnos qué debiera hacerse para que tanto los bienes materiales como los culturales, artísticos, científicos, etc., llegaran a constituir un bien para toda la humanidad y puestos al servicio del crecimiento de cada persona humana, como una forma práctica y concreta de vivir aquello el conocido mandato de «amar al prójimo como a uno mismo», que no excluye a nadie en absoluto.

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