«Ahora, tengo fuerzas para recomponerme»
«Cuando tenía 10 años me llevaron a la residencia de las monjas azules de Cistierna. Lo tenía asimilado desde hacía tiempo. Sabía que ese día llegaría y estaba preparado. En mi casa no teníamos suficiente. Recuerdo que estaba en clase, incluso recuerdo la hora. Llegó el director y me sacó. Yo sabía para lo que era...» .
Joel junto a sus educadores, Isabel Sahelices y Antonio Sánchez, en una de las salas de la fundación. JESÚS F. SALVADORES
cristina fanjul | león
Así comienza la historia que Joel me contó, pero la que sigue no es su historia. Su historia es imposible de contar, como la de todos, porque Joel, el joven que hará de hilo conductor de este reportaje, es como cualquiera de vosotros, como todos nosotros, y en la mochila de su vida lleva lo que se ve y lo que no se ve.
Estamos en una sala del centro que la fundación Juan Soñador tiene junto a la iglesia de los Salesianos. Es una sala luminosa, con ventanales que muestran un pequeño jardín. Desde allí se desarrollan iniciativas fundamentales para la vertebración social: el proyecto Surco, el hogar Tragaluz, Emancipa y Construyendo mi futuro. Todos ellos se articulan en torno a un plan denominado Cauce que da a decenas de jóvenes una respuesta integral desde su infancia hasta el momento de la emancipación. El proyecto está formado por 19 trabajadores y 27 voluntarios. Antonio Sánchez e Isabel Sahelices son dos de ellos. «A veces me preguntan cuál es mi trabajo. ¿Cuánto tiempo tienes?, les contesto. Yo no soy profesor. Soy educador». Antonio acompaña a Joel. Le acompaña en el sentido más amplio de la palabra. «Pero no soy ni su padre, ni su colega», advierte. Y es que la función de Antonio no es fácil. Es tan difícil como suplir carencias, como preparar para la autonomía, como capacitar para la vida. «Todos los chicos con los que he tratado me han hecho mejor persona, todos ellos me han dejado algo, como las ganas de vivir y sacar las cosas adelante, como su capacidad de resiliencia», reflexiona.
La sociedad conoce la labor que desarrollan las familias de acogida de los niños que por una u otra razón no pueden vivir con sus padres biológicos. Pero la pregunta que surge siempre es qué ocurre con esos otros que siempre han estado en centros residenciales; qué pasa con ellos en el momento en el que la protección social se agota, qué cuando se les quita la red y se ven obligados a volar. Según los datos oficiales, la edad adulta cada vez se retrasa más y los jóvenes se resisten a abandonar el hogar familiar. Sin embargo, hay niños que tienen que ‘saltarse’ la infancia y la juventud o vivirlas de manera acelerada para llegar a la madurez con responsabilidad. En la mayoría de los casos, demasiado pronto.
Joel es uno de los rostros que ilustran esta realidad. Para ayudarles se abrió el Tragaluz, un piso de emancipación que en León da cobertura a jóvenes de entre 15 y 18 años. «Cuando entran tiene que ser una decisión libre y deben comprometerse al acompañamiento personal», explica Antonio, que precisa que tienen preferencia los extutelados, si bien también acogen a chicos enviados por Cáritas o de los Ceas.
Joel tiene 20 años. A los 18 ingresó en el Tragaluz y allí vivió dos años. Ahora, desde hace unos meses, ha dado el salto y vive de manera independiente. Trabaja en El Chorco de encargado y ha conseguido forjarse su propia vida. ¿Qué quieres ser de mayor?, le pregunto. Y él duda, duda durante varios segundos hasta que contesta que no sabe. «Lo único que sé es que quiero ser el mejor en lo que haga, como mi padre».
Para llegar hasta aquí, Joel ha luchado. Su vida no ha sido —no es— sencilla. «El día que llegué al centro no fue fácil. La sensación de impotencia... fue como una amenaza. Desde entonces, desde aquel día, no dejo de preguntarme por qué no hice nada, por qué dejé que me llevaran, a mí y a mis hermanos»... Joel tenía apenas diez años el día que tuvo que abandonar su casa y a sus padres. Con cinco, ya se encargaba de sus hermanos y con siete les hacía la comida. «No soy ningún héroe. Tan sólo he tenido que aprender cosas antes de tiempo», dice, y recuerda que los Reyes siempre pasaban de largo. Hasta una vez. Aquel día se detuvieron y le dejaron un camión. «Fue el mejor regalo del mundo». Aclara que el suyo no es un caso único —«no, no lo soy, la única diferencia es que he recorrido un camino que me ha reportado cosas diferentes»— y, sin embargo, asume que tuvo que olvidarse de su infancia demasiado pronto. «Aprendí a reflexionar y me di cuenta de que la rutina hace que dejes de pensar». Por eso, Joel trabaja sin descanso, para calmar el sentimiento de desarraigo. «Echaba mucho de menos a mis padres, pero el truco es dejar atrás lo que te hace daño. Para mí, cada día es borrón y cuenta nueva. Si me dices qué hice ayer, te diría que trabajar».
Carencias
Su educador subraya que estos niños tienen las mismas carencias que cualquiera, si bien con ellos hay que trabajar de manera importante la resistencia a la frustración. «Por eso, primero tengo que prepararme yo en mis propios déficits, porque todos tenemos limitaciones», destaca. Antonio precisa que estos jóvenes tienen mucho más potencial del que creen, si bien tienden a autocastigarse. «Todos tenemos derecho a equivocarnos», sostiene.
Joel no suele hacerlo, aunque sí se castiga. Lo hace cuando dice, por ejemplo, que a los 15 años, cuando decidió comenzar a vivir con una familia sintió que estaba traicionando a su padre. «Creo que no hice acopio de todo lo que quiero. Me fui con otro padre. No pensé más que era un autobús para seguir en la carretera», reflexiona. Joel pasó cuatro años en acogimiento familiar, pero tan sólo en régimen de fin de semana y vacaciones. El resto del tiempo estaba interno en un centro. «Allí aprendí a vivir, a defenderme, a crecer», recuerda. Sin embargo, la experiencia con la familia no resultó beneficiosa. Antonio Sánchez explica que a veces se presenta a los acogedores o a los padres adoptivos como los verdaderos padres y no es así. «Si todo no está claro en el origen, puede haber conflictos», defiende. Joel asiente y corrobora las palabras del educador: «Discutía todo el tiempo y decidí acabar con esa situación. Cuando te cierran todas las puertas, buscas otra», explica. Y él encontró la del programa Emancipa. «Pasé miedo, sobre todo al principio. Era la incertidumbre de pensar qué pasaría si no cumplía. Además, de repente supe que a partir de ese momento tenía las llaves de mi vida y la pregunta de qué iba a hacer con ella no se me quitaba de la cabeza». Joel comenzó a vivir en el Tragaluz —el piso concebido para preparar la emancipación— a los 18 años y salió hace unos meses. Allí convivió con chicos como él, adolescentes que han dejado de estudiar, que buscan trabajo o que tienen difícil el retorno a su familia de origen. Es decir, el Tragaluz es su casa, pero una casa provisional. Ahora, con 20 años continúa con el acompañamiento, pero sus ganas de superación —destaca Antonio— han hecho que pueda vivir por su cuenta. «Aún hoy, cuando habla de trabajo, lo hace con un nivel de autoexigencia elevado. Sus ganas de vivir, de comerse el mundo son muy altas», asegura el educador. Y, a pesar de todo lo pasado en su aún brevísima vida, Joel se siente afortunado: «Estoy agradecido a mi padre, a mi madre, que me han dejado valores que muchos jóvenes nunca tendrán, y a un sacerdote del internado que me enseñó que tenía la obligación de ser feliz.... Tengo claro que, independientemente de todo, no sería nada sin el Emancipa. Sin sus educadores, seguiría anclado en lo que me pasó, en la muerte de mi madre. He conseguido abrirme y llorar, sin importarme lo demás porque ahora tengo las herramientas para recomponerme».