RETRATOS CALLEJEROS
El gerente del McDonald’s que brilla de noche
firma
carmen tapia | texto
sara campos | fotografía
Jairo Durán se transforma al ponerse el sol. Frente al espejo, este hombre de 39 años dedica hora y media para convertirse en un sueño, el suyo y el de decenas de espectadores que dos veces al mes pasan por el espectáculo de transformismo de Marina Rojo, en el Gran Café. Jairo nació en Venezuela el 12 de agosto de 1977 y Priscilla Glamour, su alter ego, el 5 de enero de 2005 en León. «Nunca mejor fecha que esa, la noche de los reyes y las reinas», asegura. De la mano de Piery Galo (Pedro Garea), que ejerció de madrina, Priscilla sale al escenario dejando atrás a Jairo. «Cuando me veo en el espejo, después de horas de maquillaje y transformación, siento que soy otra persona, pero cuando hago el proceso inverso, el de desmaquillarme y quitarme los brillos, me doy cuenta de que vuelvo a ser yo». Jairo deja a Priscilla en el armario y vuelve a su rutina como gerente de McDonald’s en León, el trabajo, con la vista puesta en Priscilla, su diversión, un personaje creado y que estuvo en su cabeza desde pequeño.
«En el colegio contaban con él para que participase en todas las obras de teatro. Siempre le gustó ponerse mis tacones», explica Nori, su madre, mientras lo observa durante la sesión fotográfica a la que lo somete Sara Campos, la fotógrafa. Casi una hora en la que no para de posar y reír. «Está disfrutando», asegura su madre.
«Desde que nací me gustan los escenarios. Ahora es mi hobby, pero quien sabe, a lo mejor alguien se fija en mí y me hace famoso». A Priscilla le gustan los brillos y las luces, pero Jairo dice sentirse «orgulloso y feliz» de ser un chico. «Esto lo hago sólo por diversión. Cuando me quito los brillos siento que vuelvo a ser yo».
La ropa que luce la elige según su estado de ánimo y él mismo la personaliza. «Ahora llevo encima unos 300 euros, entre peluca, vestuario y joyas». Y unos tacones de vértigo que lo colocan a medio metro por encima de nosotros. «Nunca me he caído de los tacones. Bueno, una vez que metí el tacón en el agujero de una alcantarilla. Me caí a cámara lenta y me quedé recostada, divina, en el suelo. Hasta para eso tengo estilo».