Coto cerrado
L e han puesto puerta al campo de lo posible, que lleva mucho tiempo al descampado, y mientras el verano se acaba, los enmascarados problemas de siempre empiezan a dar la cara. Una buena noticia surge de pronto y hay que resaltarla y mimarla, entre tantos zodiacos funestos: el Gobierno quiere reducir la campaña electoral. Si no es posible evitar los nuevos comicios, hay que hacerla más corta y que los brillantes oradores empleen menos tiempo en no decir nada.
Unas terceras elecciones «harían daño al sistema», que ya está muy dañado, y los partidos no deben pasarnos la papeleta otra vez, sino metérsela en el mismo sitio que otras veces. ¿Cómo conseguimos los agobiados votantes que Pedro Sánchez se ponga al teléfono cuando le llama Rajoy?
Lo más probable es que esté pegando las piezas del jarrón roto del PSOE y tenga las manos ocupadas apretándolo. El presidente en funciones ya ha asumido que no será investido la próxima semana y su interlocutor es más lento que un diccionario abierto en la palabra tortuga. ¿Qué podemos hacer los que no deseamos votar en Navidades ni en el día de los Santos Inocentes?
Lo mejor y lo más sano, ahora que hemos hecho propósito de fumar menos, sería darnos una vuelta por el campo de lo posible, donde nunca se producen aglomeraciones y dicen que se respira mejor.
Habría que convencer a nuestros políticos de que le echaran una ojeada a la buena gente en cuyo nombre hablan. El 66% de los pensionistas españoles no alcanza la categoría, antes despreciada y ahora anhelada, de ‘mileuristas’.
Muchos perciben mensualmente entre 600 y 650 euros, pero siguen viviendo para demostrar que Chesterton tenía razón cuando dijo que lo más curioso de los milagros es que existen. Tras la investidura fallida se abrirá un nuevo plazo.
Y después otro. Hay que aprenderse el reglamento, porque el coto vedado de nuestras posibilidades está poblado de trampas. Y de cazadores furtivos.