Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

Creado:

Actualizado:

L os asirio-babilonios cercaron Jerusalén a principios del siglo VI a. C. Las miserias del asedio y la corrupción de los dirigentes israelitas movieron al profeta Habacuc a poner el grito en el cielo: ¿Hasta cuándo, Señor? Dios parecía guardar un silencio que muchos no entendían. Nuestra situación actual no difiere mucho de aquella: explotación, pobreza, hambre, violencia, dolor, muerte... En el mundo, el panorama tampoco es mejor: tres cuartas partes sumidas en el subdesarrollo, millones de personas subalimentadas, represión, terrorismo, guerra. Mientras tanto, los pueblos más desarrollados discutimos entre nosotros sin sensibilidad para afrontar esos dramas. Es una situación que no puede dejar indiferentes a los cristianos. ¿Cómo es que Dios guarda silencio? ¿Dónde está? ¿Cómo compaginar la fe en un Dios padre de todos con las angustias que aquejan a la mayor parte de la humanidad? ¿Se puede seguir creyendo en Dios? Y ¿en qué Dios?

Hemos de reconocer que somos gente de poca fe. Como los discípulos. La fe no es asentir a unas fórmulas, sino que es un compromiso. Así lo enseña Jesús a sus discípulos cuando le piden que aumente su fe. La fe es confianza en Dios y, por lo mismo, es confianza en la obra de Dios, que somos nosotros. El creyente sabe que no puede esperar todo de Dios, porque Dios ha puesto el mundo en sus manos. Aunque también hemos de aceptar que no todo podemos resolverlo nosotros. Es verdad. Pero hasta llegar al límite de nuestras posibilidades, queda mucho camino por recorrer y mucha responsabilidad que cumplir. A los problemas humanos, los propios y los ajenos, hemos de buscar solución. Solos y junto a otros. La doctrina social de la Iglesia orienta a buscar soluciones a la pobreza, el hambre, etc.

Conocer esas orientaciones y ponerlas en práctica es nuestra tarea como creyentes. A pesar de nuestros esfuerzos y de los de tanta gente, quizá no superemos la indiferencia y las resistencias de otros, pero sólo si hay buena voluntad y esfuerzo podremos clamar al cielo y pedir a Dios que venga su gracia que mueva la voluntad de unos e ilumine la mente de otros, para, entre todos, tratar de poner remedio a los males que nos acosan: injusticia, hambre, desigualdad, pobreza, violencia, sufrimiento... Poder ofrecer mayores y mejores razones para vivir y para esperar es nuestro gran reto.

Cargando contenidos...