Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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S i decimos perseverancia pensamos en repetición de fórmulas, no en un encuentro iluminador con la verdad de Dios que nos desvela nuestras propias verdades y situaciones. Esta es la oración indispensable y necesaria, porque es el clima en que nace y madura la fe y la vida. La oración fortalece la esperanza cristiana, que no podemos confundir con la simple espera de algo que quizá se realice. La esperanza cristiana consiste en la certeza de conseguir algún día, en plenitud y para siempre, lo añorado en lo más íntimo y verdadero de nuestro corazón, a pesar de todas las situaciones y contradicciones que hagan difícil mantener esta actitud. Una esperanza que respeta el «tiempo de Dios», pero que lleva a trabajar para adelantarlo. Si la oración es la forma habitual de alimentar nuestra comunión con Dios y con los hombres, dejar de orar es exponernos a su lejanía, a perder el «sentido de Dios» en los acontecimientos. Si la oración es tan importante para el hombre, ¿nos extrañará la ausencia de Dios y la radical injusticia en una sociedad que no reza?

Orar hoy y siempre: ¿Pueden hijo y un padre estar sin hablarse? ¿Y unos enamorados? ¿Y unos amigos? Serían especímenes rarísimos, poco normales. Es inimaginable un hombre que no hable con quien ama. Y sin embargo, en el cristianismo tenemos que esforzarnos en convencernos de la necesidad de la oración cuando la oración es sólo y únicamente hablar con Dios, a quien decimos amar y seguir. Orar para el cristiano debería ser tan natural como lo es hablar para el hombre; porque debería ser natural la necesidad de ponerse en contacto con Dios para decirle que le amamos y que le necesitamos. Ciertamente que el hombre debe hacer un esfuerzo para hablar con Dios al no encontrar, inmediatamente, la relación directa que encuentra aquí con «el otro» a quien se dirige. Pero no es menos cierto que si tenemos una fe viva y operante, crecerá la exigencia de acudir al Señor y, aunque parezca un monólogo sin respuesta, de acercarle todas las inquietudes de nuestra vida. Jesús les insiste a los apóstoles en la necesidad de orar. Por algo será. Y hasta se toma el trabajo de enseñarles cómo hay que hacerlo y qué se ha de decir cuando se dirijan al Padre. Jesús quiere que oremos aunque la oración nos parezca un fracaso. Quiere que oremos con la insistencia con la que, en la vida, se pide justicia, por ejemplo. Es decir, con la insistencia que acometemos lo que de verdad nos interesa en la tierra. La mujer viuda consiguió del juez que le atendiera y no porque se sintiera inclinado a hacerlo, sino porque le venció la insistencia tenaz de la mujer. Cuanto más cuando Dios no es un juez, sino un Padre Bueno.

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