Tiempo de vida
E n este domingo, en que se cierran el Año Litúrgico y el Jubileo de la Misericordia, se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la Creación. Él es la piedra angular del mundo creado. La inscripción colocada sobre el madero de la Cruz decía: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos». San Pablo completa la idea diciendo que es «imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, reconciliador de todos los seres». Es paradójico que nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la vergüenza de una Cruz, pero que se transforma en fuerza salvadora. Lo que era instrumento de muerte se convierte en causa de vida. En este domingo, para celebrar el reinado de Cristo, se lee el diálogo entre Jesús y el malhechor que estaba crucificado junto a él. Ante el Rey que agoniza entre indiferencias y desprecios, suena estremecida la súplica del «buen ladrón», que confiesa su fe y pide: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». El Reino nuevo de Cristo, que es necesario instaurar todos los días, revela la grandeza y el destino del hombre, que tiene final feliz en el Paraíso. Es un Reino de misericordia para un mundo cada vez más inmisericorde. Es el Reino que merece la pena desear. Clavados en la cruz de la fidelidad al Evangelio se puede entender la libertad que brota del amor y se hace realidad en el día a día.
La esperanza cristiana brota de la confianza en Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Todo el mensaje y la vida de Jesús, muerto violentamente a manos de los hombres, pero resucitado por el Padre para la vida eterna, lleva a esta convicción: la muerte no tiene la última palabra, sino la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Dios se empeña en que todos alcancen la felicidad total, incluso por encima de la muerte. Podemos confiar en él. Ante la muerte todos nos sentimos indefensos y vulnerables; como se sintió el mismo Jesús. Pero algo, desde el fondo de nuestro ser, nos invita a fiarnos de Dios más allá de la muerte y a pronunciar las mismas palabras de Jesús: «Padre, en tus manos dejo mi vida». Este es el núcleo esencial de la fe cristiana: dejarse amar por Dios hasta la vida eterna; abrazar la muerte, esperándolo todo del amor de Dios. Esta es la oración del malhechor que crucifican junto a Jesús: se confía enteramente a Cristo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Y escucha la respuesta consoladora. Para él y para nosotros. «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».