REFUGIO PARA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN BELAL DARDIRY FOTORREPORTERO en Egipto
«Me condenaron a 15 años sin avisarme por ser periodista»

Belal Dardiry, durante la entrevista. F. OTERO PERANDONES
carmen Tapia | león
Belal Dardiry huyó de Egipto el mismo día que recibió una llamada de teléfono de su abogado para anunciarle que el gobierno de Al Sisi le había condenado a 15 años de prisión por hacer fotografías y escribir artículos sobre la situación de Egipto. Nadie le había avisado antes del proceso abierto contra él por cubrir una información sobre unas protestas organizadas por un grupo de estudiantes dentro de la Universidad Ain Shams en El Cairo el 17 de diciembre de 2014, en las que la seguridad universitaria cargó contra los manifestantes. Le acusaron de participar en una protesta no autorizada, poseer explosivos, atacar a las fuerzas de seguridad y destruir propiedades públicas. «Lo que me pasó es el proceso normal del gobierno egipcio para atacar y presionar a los periodistas y escritores. Empiezan un proceso sin avisar y te envían a la cárcel de uno a tres años hasta que se convoque el juicio». Un proceso que se convierte en una trampa mortal para los condenados, que tienen que presentarse a las autoridades para poder apelar y demostrar su inocencia. «Tengo amigos periodistas que están en ese proceso y no quise pasar por ello».
El militar Abdelfatah el Sisi lideró un golpe de Estado en Egipto en 2013 y el 8 de junio de 2014 se convirtió en presidente constitucional. Los jóvenes que en 2011 se manifestaron contra la dictadura de Hosni Mubarak, la junta militar que lo sucedió y el gobierno de los Hermanos Musulmanes sufren ahora una represión que dura cinco años. La generación de las protestas es la que ahora llena las cárceles de Egipto. «La vida en las cárceles es muy dura. Ahora hay 50.000 personas en prisión por razones políticas. No hay sitio para tanta agente. En Egipto hace mucho calor y la situación es dura para los encarcelados y sus familias. Un compañero periodista, Shawlcan, lleva cuatro años en prisión. Tiene hepatitis C, está muy deteriorado, no tiene atención médica».
Una generación de activistas agotados —la mayoría tenían entre los 17 y los 20 años en la primavera árabe. «Todavía hay mucha gente que participa en las protestas, pero es muy duro. Están desesperados porque cinco años de movilizaciones cansa mucho. Algunos están en la cárcel o fuera de Egipto, como yo. Otros no quieren protestar más, no tienen energía para hacer los cambios que buscaban. En cinco años se han vivido situaciones muy duras. El futuro de Egipto es muy oscuro».
Con 21 años huyó antes de que la policía comunicara su identidad a los puestos fronterizos del país «en el que la burocracia lo ralentiza todo». Viajó a Hong Kong «porque no necesitaba visado para entrar». Sin dinero, dormía en los aeropuertos y, a pesar de hablar inglés perfectamente, «no entendía nada». Viajó a Malasia y Camboya y solicitó ayuda internacional. «No podía estar huyendo toda la vida. Necesitaba quedarme en un país». Solicitó a Estados Unidos, Australia y España a través de Amnistía Internacional. «En la misma semana me aceptaron en España y Australia y me decidí por España». Después de dos años de peregrinación y huida se considera «refugiado. Fui periodista, pero ahora soy refugiado».
Llegó a Madrid hace seis meses — protegido por Amnistía Internacional— «el último día de diciembre. Me sorprendió que todas las tiendas estaban cerradas. Viajo mucho por España, pero no puedo salir de aquí».
Ayer visitó León de la mano de Amnistía Internacional para dar una charla en la Fundación Sierra Pambley. Antes habló con este periódico. «No puedo trabajar legalmente hasta octubre. Quiero encontrar trabajo como traductor o fotógrafo. Ese es mi primer plan. Mi segundo plan, cuando pueda viajar, quiere regresar a África y Oriente Medio para trabajar como reportero. En África se habla francés, que lo domino, y en Oriente Medio el árabe, que es mi idioma». Su español, aprendido en seis meses, es casi perfecto.