Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Todos somos clasistas, usted también, aunque crea que no. Simplemente, hay clases de personas con las que no nos gusta estar. A veces ni siquiera sabemos la razón, pero hay algo que chirría: una manera de hablar, de estar, de moverse, que no puedes tolerar. Tengo un amigo que no soporta a los bizcos. En una cena en casa de su jefe se la pasó hablando del tema, para darse cuenta al final de que su anfitrión llevaba toda la jornada mirando a la virulé. Son cosas que pasan. A unos no les gustan los machistas, otros prefieren no estar con personas de modales extraviados y los hay que no pueden soportar a los graciosos. Hay sonrisas o ceños que estomagan más que un discurso de Inés Montero. Llega un momento en el que la mayoría de las cosas te dan igual y ya no te apetece disimular, ni tienes por qué. Insisto. Estoy a favor del clasismo, aunque me fusilen al amanecer tuitero, pero hay cosas para las que he perdido la paciencia.

Me resisto a creer que el racismo existe, que realmente hay personas que quieren acabar con aquellas otras cuyas vidas, a su parecer, destiñen. Y eso vale para la basura blanca, la negra o la roja. En cualquier lugar y hablando no importa qué idioma hay desahuciados de la inteligencia que se resisten a morir, pero la evolución de la especie no se puede detener y vosotros, supremacistas blancos o yihadistas de mierda, estáis ya al borde del precipicio. Dais miedo, pero supongo que el tigre de dientes de sable también resultaba bastante terrorífico. La buena noticia es que lo que va a pasar ya ha pasado y vosotros, aunque os resistáis, a pesar de vuestro empeño en imponer ese tenebroso nihilismo, habéis perdido. Vamos hacia un lugar poblado por un tipo humano cada vez más aculturado, ese que os da tanto miedo.

La intolerancia come de donde puede y nadie está libre de sus zarpazos. No caben las frases de conveniencia política, ni la corrección, ni los minutos de silencio. Las palabras hay que militarlas. Es la única manera de ganar. No quería decirlo, pero escribí esta columna antes de saber del atentado y la había titulado Memos y Machado.

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