Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical Florentino Alonso
León

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L a parábola «del banquete del rey» de este domingo presenta a unos invitados que no quieren ir y a otros que prefieren sus tierras o sus negocios. Encarnan las múltiples excusas que nosotros solemos poner para justificar la falta de compromiso, ya sea en lo referente a la participación en la vida litúrgica o al deber de vivir el mandato del amor. Hubo incluso invitados que echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. Es la reacción de los que se muestran indiferentes a Dios o beligerantes contra su presencia. Es parábola de la paciencia de Dios, que acaba por reducir a la ruina a los que no aceptan su invitación gratuita y generosa. Todos somos «llamados», pero nos empeñamos en no querer ser «escogidos».

¿Se malogrará el banquete? El proyecto de Dios no se interrumpe por el pecado del hombre. Dios seguirá invitando y derramando su amor y su gracia. De nuevo manda a los criados a que inviten a gente de toda condición social y hasta moral. Quedan abolidas las distinciones y diferencias. Incluso los buenos se van a encontrar codo con codo con personas indignas, según deja entrever la parábola. Esa es la Iglesia: una comunidad de hermanos que, venidos de todas partes, responden a la llamada del Señor. Llamados y también escogidos, porque aceptan la invitación y vienen con el «traje de bodas».

Hay en la parábola un giro inesperado: al haber entre los convidados uno sin el traje adecuado, el rey le llama la atención. Tal vez haya entre nosotros muchos como este último. El vestido del Reino de Dios es la gracia que actúa por la caridad, lo distintivo del cristiano, aunque da la sensación de que no se nota demasiado la diferencia entre los discípulos y quienes no lo son. La rutina tirará de nosotros, pero el buen creyente debe esforzarse por renovar constantemente su vestido, es decir, su vida.

No basta acudir a la boda, no todo se reduce a buenas palabras y oraciones. Del banquete es digno no el que dice «Señor, Señor», «sino el que hace la voluntad del Padre».

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