«La vivencia de la fe es un combate con uno mismo»
Salió del Ejército para dedicarse al ministerio de la fe. Ayer fue ordenado sacerdote y estará a cargo de once parroquias en Puebla de Lillo. No lo tiene fácil, pero no vacila. Es, desde ayer, el padre Guillermo

El sacerdote Guillermo Álvarez se coloca la casulla con la imagen de la Sagrada Familia sobre el alba. JESÚS F. SALVADORES
cristina fanjul | león
«Mi fe no es la misma hoy que cuando tenía diez años, pero siempre he creído en Dios». El ya sacerdote Guillermo Álvarez responde la pregunta con sorpresa, y eso a pesar de que acaba de admitir que la crisis de vocaciones es cada vez mayor. Su ordenación —ayer— como presbítero es la segunda en la diócesis en lo que va de año, un dato que él achaca a la despoblación, al envejecimiento de la población, al materialismo y a una manera de entender el mundo que él define como ‘cultura de lo provisional’. «Sí, impera el relativismo», reflexiona. «Mire —zanja con ello la siguiente pregunta— a Dios le experimento a través de su obra y en lo íntimo del ser», subraya para decir a continuación que la fe es un don y un deber que ha de ser cultivado. «Los sacramentos, la palabra de Dios, la oración... en todos ellos encuentro razones para seguir creyendo»...
Antes de ingresar en el seminario, Guillermo Álvarez fue militar. Sirvió durante un año en la base de El Ferral. Tenía 24 años cuando ingresó en la Armada. Ayer, con 33 tomó los votos como sacerdote. «Me atraía la vida castrense, servir a España», destaca. No contempla disyuntivas entre ambas visiones de la vida. Más bien al contrario, considera que su paso por el Ejército le aportó virtudes que le servirán en su labor pastoral. Cita el compañerismo, la lealtad y el servicio a los demás. «¿Que por qué lo abandoné?», repregunta mientras busca una respuesta que sea capaz de servir a los incrédulos. «No crea. Fue precisamente allí donde comencé a sentir la vocación. Sentía que necesitaba algo más y fue entonces cuando empecé a discernir, a rezar, a profundizar en el camino que quería tomar».
Once parroquias
Desde ayer, el sacerdote es el encargado de once parroquias en Puebla de Lillo, algunas de ellas con más de dos iglesias, lo que da una idea del volumen de trabajo al que se enfrenta. No es fácil la sanación de almas, sobre todo en un lugar como la montaña de León. En ocasiones, sobre todo durante el invierno, se ve obligado a dar misa para una sola persona. «Eso no lo pienso, tan sólo me centro en que le estoy sirviendo y le ayudo. Esa persona tiene su historia, sus alegrías y sus penas», reflexiona. El sacerdote admite que la palabra de Dios hay que adaptarla según a quien te dirijas y destaca que la gente de una determinada edad tiene una vivencia especial de la fe de la que hay mucho que aprender.
Asegura que no siente el mal, que no sufre ese enfrentamiento en su interior. «El mal existe, ese es un hecho cierto, pero es un misterio. No es raro que la gente se pregunte cómo es compatible la existencia de un dios misericordioso con la del mal», explica. Sin embargo, asume que la vivencia de la fe es un combate con uno mismo que «no siempre es fácil». Pone como ejemplo a San Ignacio de Loyola, un santo al que parece tener un gran apego para recordar que fue militar. «En los ejercicios espirituales de San Ignacio, nos habla de lucha. Siempre hay que vencerse a uno mismo», confiesa.
Guillermo Álvarez se muestra incómodo al hablar de los pecados de pederastia dentro de la Iglesia. «Los pecados de la Iglesia siempre han estado ahí porque la Iglesia es divina, pero también humana», dice. Sin embargo, trata de zanjar el tema aludiendo al perdón que la institución «ha sabido pedir» y a otros ejemplos edificantes, como Teresa de Calcuta. «Mire, veo con mucho dolor los abusos sufridos por niños, y la Iglesia se sirve del Derecho canónico para juzgarlos», dice en referencia a la actitud del obispo de Astorga con el cura acusado de abusos sexuales, José Manuel Ramos Gordón.
El papel de la mujer
A pesar de su juventud —apenas 33 años—, el sacerdote no se sale del dogma al referirse al papel que la Curia da a la mujer. «No se ordena a las mujeres por una razón de ministerio. Cristo tuvo doce apóstoles», defiende Guillermo Álvarez, que añade que el sacerdocio conlleva una gran responsabilidad. Además, niega que la escasez de vocaciones que vive la Iglesia sea una razón a tener en cuenta para ordenar mujeres. «No creo que haya que cambiar la naturaleza de la fe por una cuestión de cantidad», dice.
El próximo domingo presidirá su primera eucaristía en el ya tradicional ‘cantamisas’. Será a las siete de la tarde en la iglesia de los Capuchinos.
A partir de hoy vivirá en la Casa rectoral de Puebla de Lillo y dispondrá de 800 euros al mes para tener una «vida digna». Sin embargo, recuerda que la vida de un sacerdote — «a pesar de lo que muchos crean»— no es fácil. «Si me llaman a cualquier hora del día o de la noche a impartir un sacramento, es mi obligación acudir», recuerda. «Yo no tengo horario de trabajo», advierte.