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VÍCTOR DEL REGUERO / HISTORIADOR
León

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Se paga con la muerte / o con la vida, / pero se paga siempre una derrota». Estos versos de Ángel González son el caleidoscopio por el que miran los ojos de los derrotados por un destino adverso. Argentina, un país de contrastes, de la melancolía de los tangos, el acento meloso de conversaciones con sabor a mate o Fernet, los perros abandonados, los pibes y las minas, Mafalda y sus verdades, encierra en su sustrato las huellas todavía frescas del terror impuesto.

Hace cuatro décadas, el 24 de marzo de 1976, se implantó una dictadura militar que concluyó a finales de 1983 y que practicó el terrorismo de Estado como política sistemática. Durante casi ocho años, miles de personas fueron secuestradas, torturadas y asesinadas. Las cifras estiman unos 30.000 desaparecidos. Algunos secuestrados tuvieron suerte -suerte relativa- de poder contarlo. Aunque para ellos sobrevivir haya sido otra forma de morir.

Como tantas veces, la razón de aquel golpe de Estado era no solo la represión salvaje contra amplios sectores de la población sospechosos de izquierdistas, sino «una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada», como dijo el periodista Rodolfo Walsh en 1977, mismo año de su desaparición. La dictadura instauró un ensayo del neoliberalismo que al cabo habría de copar la economía mundial, y que supuso una gran caída del nivel de vida en el país, cuyas consecuencias se arrastran todavía.

Las peores prácticas, que vemos en películas y narraciones que parecen creadas en mundos de ficción o hundir su existencia en episodios que suenan tan remotos como el nazismo, son mucho más cercanas a nosotros de lo que parece. Estos meses puede verse en Madrid la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, que podría hablar de cualquier lugar y que sintetiza en su título esta evidencia. En Argentina, los centros clandestinos de detención, la picana eléctrica, la violación de mujeres, el robo de bebés y otras condiciones extremas a las que fueron sometidas personas que tenían trabajo, casa, mujer o marido, novia o novio, hijos, padres, vecinos y amigos, personas con un nombre y unos apellidos que no eran solo el número con el que fueron renombradas en su secuestro camino de su destino final, formaron parte del paisaje en que se vivía hace solo cuarenta años. Era un secreto a voces, porque se sabía, se veía, se sufría, y, también, se toleraba, puesto que la eliminación sistemática llevaba implícito el amedrentamiento de la sociedad.

Este reportaje habla de personas muy cercanas a las que una noche despertó una pesadilla de mamporrazos en la puerta de su casa, seguidos de golpes, gritos y llantos, y el silencio impuesto por las órdenes y el miedo. El destino quiso que dos padres desaparecieran, sin más, y que su hijo se salvase para contarlo. El dictador Videla jugaba desde el poder con las palabras como con las vidas, y dijo una vez que un desaparecido no era nada, ni un muerto ni un vivo, sencillamente no existía. Sin embargo, al igual que en el genocidio nazi o la represión del franquismo, cada desaparecido existirá mientras se le recuerde. Su memoria, el recuerdo de lo que pasó, allí y aquí, antes y después, es un reconocimiento de justicia, pero también un antídoto para que la sociedad no caiga en los mismos errores, máxime en estos tiempos de decadencia en que la posverdad se compra como último recurso después de tanta mentira.

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En la mayoría de los casos, como la dictadura se ocupó de no dejar rastro, la memoria tiene que construir la historia porque es el único testimonio, la única prueba de la realidad. No se conoce ningún superviviente de los llamados vuelos de la muerte, pero se asume que miles de personas fueron drogadas para ser subidas en un avión, desde el que eran lanzadas aún con vida al Río de la Plata o el mar. Un proceso de exterminio que tuvo la connivencia de otras dictaduras (como el Chile de Pinochet) y, no está de más decirlo, la participación de Estados Unidos, en la llamada Operación Cóndor. El agua engullía en silencio cuerpos desnudos arrojados desde el aire, personas que se habían convertido en un número y que para la ignominia no existirían más, como si fuera tan fácil borrar el duelo de quienes se quedaban. Hace unas semanas, Alfredo Astiz, ‘El Ángel de la Muerte’, era condenado a cadena perpetua como responsable de esos crímenes. Su mirada perdida en el infinito en el banquillo –tan parecida la del propio Videla y a la de tantos otros de tantos otros lugares– no le impidió decir que nunca iba a pedir perdón por aquello. Frente a eso, en una especie de victoria de la derrota, quimérica, kafkiana, narcótica, en este reportaje toma la palabra un superviviente de aquel genocidio. No es irreal decir que es un vivo que debería estar muerto, aunque haya pagado con su vida aquella derrota, arrastrando la errante huida de su propia supervivencia. Habla por primera vez, con la lucidez desbordante con que solo hablan los desgraciados, con la verdad de quien viene de vuelta de todas las desdichas, con el dolor de las ausencias. Una vida eterna a oscuras. En la mirada triste de este hombre, español, leonés, lacianiego, está también la sonrisa de la dignidad.