LEONESAS DE AYER Y HOY | DOLORES FERNÁNDEZ GEIJO

La tejedora del Val cuya voz guarda el Congreso de USA

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León

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ana gaitero | león

Entre las artesanas leonesas y también entre los artesanos hay una mujer que brilla con luz propia y cuyo legado pervive en mantas que abrigan aún a mucha gente y en los archivos de musicología popular.

Se trata de Dolores Fernández Geijo (Val de San Lorenzo 1921-2003), una mujer que nació, vivió y murió a la orilla de un telar manual de los más antiguos que pervivieron en Val de San Lorenzo hasta el siglo XXI.

Dolores arreglaba mantas maragatas antiguas, tejió otras nuevas y enseñó a jóvenes de una escuela de formación profesional que iban desde León. Aquel antiguo telar manual se lo quisieron comprar «unos catalanes por una millonada para un museo textil».

Nunca quiso venderlo. «Me ofrecieron llevarnos allí a mí y a mi hijo para que tejiéramos cara al público», confesó a Cristina Bernis, gran investigadora de La Maragatería cuando tenía 52 años. Pero no quiso irse del pueblo.

Recordaba Dolores que aquel telar lo conoció de siempre en casa de su madre, que, por entonces, ya tenía 82 años. Y también que cuando era una cría de diez años —a principios de los años 30— había lo menos 60 telares como aquel en el pueblo.

En 1982, Dolores Fernández Geijo fue nombrada Artesana Mayor de la Maragatería por su labor como tejedora de las famosas mantas del Val. Por aquellos años ya languidecía la artesanía maragata y con estos eventos se trataba de insuflar ánimos a aquellas personas que creaban bellos y útiles objetos con sus manos.

Contaba Dolores que hacer una manta le llevaba ocho días de trabajo y que lo más pesado era preparar la urdimbre, que daba para unas ocho o diez mantas. También recordaba la necesidad que pasó en la infancia. Cuando empleaban una hora de camino para ir a Astorga a coger el tren de Orense para comprar lana y vender mantas. A los 14 años se fue a servir porque no había para comer.

Luego se casó, pero con 27 años quedó viuda y tuvo que ponerse al telar para sobrevivir y para pagar las deudas que había contraido por la enfermedad de su marido.

Una vida difícil en la que aún se lavaba la ropa a mano en el arroyo, con las rodillas hincadas en el suelo y la espalda combada sobre la tabla. En una escena real de colada en el reguero fue fotografíada Dolores en 1952 por aquel americano que apareció en el pueblo el 3 de noviembre de 1952.

Parece que Lomax sabía a lo que iba. En el mes de agosto de 1951 había estado varios días en el pueblo otro etnomusicólogo, Manuel García Matos, que también paró en casa de las Fernández Geijo y recopiló cantidad de romances.

«A nuestra casa siempre vino mucha gente porque mi madre y mi tía sabían muchos refranes y romances, pero que vinieran a grabar, como ellos, era una novedad. Por eso la casa se me llenó de gente, porque nadie había visto nunca cantar y ver que luego lo ponían para que oyeran».

Dolores Fernández Geijo cuenta la anécdota en el documental Lomax The Songhaunter, de 2007, en una entrevista que le hicieron dos años antes de morir. No lo vio montado porque se estrenó cuatro años después. En este audiovisual canta el romance de Gerineldo, una de las veinte piezas que se llevó enlatadas el americano.

Corría el año 1952 cuando aquel americano ‘cayó’ por la hondonada en la que se asienta el pueblo maragato de Val de San Lorenzo, a la orilla de un pequeño río. Alan Lomax (1915-2002) era contemporáneo de Dolores Fernández Geijo (1921-2003) cuya voz grabó con aquel aparato que parecía el mismo demonio.

Las piezas que Lomax grabó a la que con el tiempo sería una de las últimas tejedoras con telar manual de Maragatería se encuentran en el archivo de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, donde reposa un ingente legado de la tradición oral recogido por el intrépido estadounidense que grabó a mujeres y hombres de una España profunda que aún sufría los rigores de la posguerra, pero que atesoraba una inmensa riqueza oral transmitida de generación en generación.

Lomax siempre mantuvo una relación especial con sus informantes y no sólo mantenía correspondencia sino que en algunos casos les enviaba dinero para compensarles por el servicio prestado. Dolores Fernández dio fe de aquellos gestos. En cierta ocasión contó que con las 2.000 pesetas que le envió el americano pudo mantener su telar y mantenerse en el pueblo con aquella actividad artesanal que, como las canciones, había aprendido de su madre y de su tía.

«Dolores también había contribuido, en plena juventud, al Cancionero leonés de Mariano Domínguez Berrueta (1941) y proporcionó innumerables datos a doña Concha Casado en el curso de sus investigacionessobre el traje, las joyas y la artesanía popular de León, especialmente de la Maragatería, amén de otras informaciones a profesores, investigadores y etnógrafos», como señala Alfonso Turienzo Martínez.

El legado de Lomax fue investigado por la profesora Ascensión Mazuela-Anguita y editado en España por Emilio Ros, responsable del área de Musicología de la Institución Milá y Fontanals de Barcelona.

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A Dolores ni a su telar consiguieron los catalanes llevárselos, pero su voz se conserva en diversos puntos del planeta, desde Washington hasta Barcelona, en numerosos archivos de musicología que custodian la tradición.