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GARCÍA TRAPIELLO
León

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Otra vez, otro cisma, otra iglesia rota, otro Cristo montado, otro cristazo en la fe ciega de los feligreses condenados a comulgar con lo haya... nuevo cisma: la iglesia ortodoxa de Ucrania, harta de que le lleguen órdenes desde Moscú (y más desde que los rusos les birlaron Crimea) se ha separado de esa iglesia rusa a la que pertenecía... y el patriarca de Constantinopla, que es como la autoridad papal de los ortodoxos, ha dado además su placet al piadoso separatismo ucraniano, así que la iglesia de Rusia y su patriarca Kiril I han decidido a su vez romper con la autoridad constantinopolitana cerrando así un cisma a tres bandas muy lindo y pintoresco dentro de la más fiel tradición de los viejos cristianismos altamente cismáticos y fratricidas, los de «Dios está con nosotros»... y con su esp... ada.

Por lo visto, el gen del separatismo o el ¡ahí te pudras! no se desactiva ni con la sagrada ley que rige entre esos hermanos que predican la fraternidad fraternísima y que se dicen movidos por el amor cristiano, su gran mandamiento: «al prójimo, como a ti mismo».

¿Ni teniendo el mismo dios quiere estar junta la gente? ¿Siempre entran ganas de poner aparte cuentas o lechos?... Y si esto hacen los que se aman, ¿qué no harán los que se odian?...

De esta forma puede explicarse cristianamente lo que también le ocurre a la Iglesia catalana al exigir ser conferencia episcopal ajena a la española y tener popes propios. No será extraño que, una vez conocida la «declaración unilateral de independencia» de esa iglesia ucraniana ortodoxa, la «provincia eclesiástica» de Cataluña abra en breve cancillería en Kiev (mosén Puig del Pí Torrat suena para el cargo) y, una vez enterados allí de cómo lo han hecho, anunciarán aquí que también la Iglesia catalana inicia su propio Procés Bendito, su referéndum parroquial, su lazos amarillos en todo altar y campanario, su desobediencia canónica, sus tribunales de Roma o La Haya... y también dirá no hacerse responsable de aquellos radicales párrocos trabucaires y carlistones, tan de Girona, que decidan agitar la procesión y consagrar con hostias en vinagre.

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