ASIER ARIAS DOMÍNGUEZ profesor de filosofía y escritor
«El ecologismo y el feminismo son los dos muros que nos quedan contra la barbarie»
Asier Arias Domínguez, esta semana tras la presentación de su libro ‘La economía política del desastre’ en Madrid. RAQUEL P. VIECO
ana gaitero | león
Asier Arias Domínguez, leonés de nacimiento, ciudadano del mundo de vocación, acaba de publicar el libro La economía política del desastre , en la editorial Catarata. Este profesor de Filosofía especializado en filosofía de la mente y ciencias cognitivas, así como en historia y neurociencias analiza «la relación entre la crisis ecológica global y el funcionamiento de nuestras instituciones económicas, políticas y culturales». Cuestiones que conciernen a toda la población, subraya, y que «son de una urgencia y relevancia verdaderamente difíciles de exagerar».
—¿Qué le ha llevado a escribir ‘La economía política del desastre’?
—El principal estímulo fue el desconcierto ante dos contrastes. Por una parte, el que encontramos entre la opinión pública y las políticas. En pocas palabras, los políticos reciben asesoramiento experto mientras la población recibe una información escasa y sesgada. Sin embargo, en vista de los datos que arrojan las encuestas de opinión y las decisiones ejecutivas y legislativas, la situación parece ser la opuesta. También fue un estímulo el contraste entre el modo en que la crisis ecológica aparece en las publicaciones especializadas y el modo en que lo hace en los medios. Mientras el cambio climático se convierte en la primera causa de empobrecimiento y obliga a abandonar su lugar de residencia a más de 20 millones de personas cada año, los principales informativos españoles dedican en torno a un 2% de sus piezas no ya al cambio climático, sino a cuestiones medioambientales en general. Por su parte, en la prensa escrita topamos con una proporción similar trufada, por añadidura, con una sorprendente proliferación de lo que Francisco Heras (coordinador del Área de Educación y Cooperación del Centro Nacional de Educación Ambiental) denomina narraciones eco-optimistas (algo así como, «los datos indican que avanzamos en movimiento rectilíneo uniformemente acelerado hacia el precipicio, pero no os preocupéis, que ya se les ocurrirá algo a los lemmings que encabezan nuestra marcha»).
—El título contiene tres palabras clave: economía, política y desastre. ¿Una cosa lleva a la otra, no? ¿La economía está por encima de la política o van de la mano?
—No es ningún secreto que nunca ha sido sencillo trazar la frontera entre las élites económicas y los centros del poder político. No obstante, desde la década de los setenta, con el ascenso del sector financiero y las conquistas legislativas y judiciales cosechadas por las grandes corporaciones, la difusa línea que acaso existiera previamente acabó por difuminarse por completo. Y precisamente aquí entra en juego la tercera palabra, porque esta hegemonía política de las élites económicas es a su vez la hegemonía de una serie de dogmas, y el principal es que sólo cuenta la rentabilidad, y además a corto plazo: si logras aumentarla, estupendo, te ganas unas suculentas bonificaciones; si no, sencillamente estás fuera y otro hará tu trabajo.
—¿Cuáles son los problemas más urgentes a afrontar?
—En mi opinión hay un solo problema: la democracia. Si las opiniones e intereses de las mayorías populares jugaran algún papel en la configuración de sus respectivas economías nacionales, no estaríamos haciéndonos ahora estas preguntas. Así que el principal problema consiste en recobrar la vitalidad de la que en su momento gozaran los principales medios de la acción política popular: los sindicatos y las organizaciones de base. Más allá, hay otros problemas importantes, entre los que diría que destaca la pedagogía del consumo responsable.
—¿Hay una economía y una política para evitar el desastre o ya es muy tarde?
—Se ha repetido hasta la saciedad aquello que decía Gramsci acerca del pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad, y es muy normal que siga repitiéndose, porque es la única manera razonable de afrontar cualquier reto en apariencia insuperable. Aquellas palabras de Gramsci significan que hay cosas que nunca pueden darse por perdidas, incluso aunque parezca inútil luchar por ellas. Así que, aunque los datos indicaran incontrovertiblemente que todo está perdido (que no lo hacen, aunque son realmente funestos), yo nunca secundaría la opinión de que todo está perdido. El cinismo o la indiferencia serían inaceptables aun cuando estuviéramos cayendo ya por el precipicio. De forma que, incluso en esas circunstancias respondería que sí, que efectivamente hay una economía y una política capaces de evitar el desastre. En concreto, sería suficiente con que se respetaran los intereses y opiniones de las mayorías populares. En otras palabras, bastaría con la democracia, pero se trata de un concepto incompatible con este otro: «corporación». Mientras los principales agentes de la actividad económica permanezcan inmunes e impermeables al control público, la política seguirá siendo, en palabras de John Dewey, la sombra que las grandes corporaciones proyectan sobre la sociedad.
—¿Qué podemos hacer como individuos y qué debemos hacer como sociedad?
—En el plano individual, nuestra forma de consumo es decisiva. La inmensa mayoría del impacto humano en el medioambiente proviene del consumo doméstico, particularmente de la alimentación, así que ahí hay claramente una diferencia crucial que cada uno puede hacer con gestos tan sencillos como consumir buenos alimentos producidos cerca de su lugar de distribución. El sistema industrial de producción de alimentos es el primer motor de la deforestación y la pérdida de biodiversidad, y asimismo uno de los principales motores del cambio climático, de forma que alejarse del mismo es un gesto de una trascendencia imposible de exagerar. En el plano social, por su parte, creo que lo primero que necesitamos es recuperar espacios para la interacción significativa, la organización, la solidaridad y el activismo. Hasta el momento, nadie ha dado con otro método para la defensa de los intereses populares.
—Hace una crítica de cómo abordan los medios y los políticos este problema global. ¿En qué sentido? ¿Algún ejemplo?
—Tomemos un acontecimiento reciente y significativo, como la publicación del duodécimo Informe Planeta Vivo de WWF sobre el estado mundial de la biodiversidad. Ahora tomemos los cuatro periódicos más leídos del país (El País, La Vanguardia, El Mundo, ABC ). Bien, uno echa un vistazo al informe y resulta imposible que se le escape el modo en que subraya prácticamente en cada página que la agricultura industrial es responsable de la inmensa mayoría de la erosión de la biodiversidad y los ecosistemas. A continuación uno echa un vistazo a aquellos cuatro periódicos, suma las alusiones al sector y obtiene un total que apenas alcanza la decena de palabras (y si descontamos el par de alusiones oblicuas aparecidas en La Vanguardia , el total puede contarse con los dedos de una mano). Éste es un sesgo endémico, y sirve para explicar por qué el 91% de la población recibe con sorpresa la noticia de que la industria alimentaria es un sector con un grave impacto ambiental. Sin embargo, creo que es más interesante preguntarse por qué existe ese sesgo, y diría que en un país que es la granja de cerdos de Europa a pocos les costará encontrar cabos de los que tirar en este sentido.
—¿Cree que el ecofeminismo está ofreciendo un camino alternativo al desastre?
—A pesar de que en algunos lugares las cuestiones de género y las ambientales convergen de formas a menudo muy explícitas, el movimiento ecologista y el feminista son dos movimientos diferentes. Tras la reducción a escombros del movimiento obrero, el ecologismo y el feminismo son los dos muros de contención contra la barbarie que nos quedan, pero son dos muros distintos, acaso solapados aquí o allá. El ecofeminismo es una tradición interesante, pero suelo discutir la necesidad de recurrir a tradiciones e interpretaciones teóricas en contextos prácticos. Los problemas que constantemente surgen en los diferentes contextos de la interacción humana no requieren teorías, sino soluciones. Las teorías son patrimonio de las ciencias, y es allí donde pueden orientarnos en la resolución de determinados problemas. En el mundo de la interacción humana, por suerte, basta con el mero sentido común. Las ciencias humanas y sociales no tienen aquí nada que ofrecernos; al menos nada análogo a lo que la física ofrece a la ingeniería. No hay ninguna teoría profunda que uno necesite comprender para luchar por la justicia: basta con una mínima altura moral, datos y sentido común.
—¿España está haciendo sus deberes con la estrategia de transición ecológica?
—El ministerio de Cañete y Tejerina dejó el listón muy alto. Mientras el resto del planeta se alejaba del carbón, aquí aumentaban todos los datos relativos al sector (incluyendo las subvenciones, claro). Mientras el resto de los países de la Unión Europea convenían en vetar el diesel de aceite de palma, España convenía en vetar ese veto. Cabe sumar un ejemplo tras otro, y cabe también compendiarlos todos mediante uno lo suficientemente elocuente. El último año del gobierno de Rajoy fue el año en que más aumentaron nuestras emisiones desde 2002. Ribera, en resumidas cuentas, lo tiene complicado para superar las sucesivas plusmarcas de sus antecesores.
—¿Qué opina de las campañas de responsabilidad corporativa y sus compromisos con el medio ambiente?
—Lo de la responsabilidad corporativa es un poco como aquello de los hierros de madera. No se trata de que la gente que habla de estas cosas no tenga buenas intenciones. De hecho, esa clase de propuesta puede dar lugar a esporádicos progresos, pero en realidad las corporaciones privadas tienen una sola responsabilidad: la de maximizar beneficios. Si ocupas alguno de los peldaños de la jerarquía de mando de corte estalinista de alguna de ellas y no logras ese objetivo, estás fuera. Por su parte, una economía responsable habría de serlo con otras cosas que existen más allá de los beneficios, como las personas, las comunidades o los ecosistemas de los que dependen. Pero éstas son cuestiones que caen más allá de la responsabilidad corporativa. En resumen, una economía responsable estaría orientada a proveer bienes y servicios de forma eficiente. Por su parte, una economía sometida al imperio de la rentabilidad puede usar aquí o allá el maquillaje de la responsabilidad corporativa del mismo modo que un traficante de esclavos puede tratar respetuosamente a su mercancía.