Los casos sociales desbordan el Hospital, que da el alta a 200 pacientes al mes qjue no pueden valerse: «Si no estuviera en esta casa, estaría muerto»
Un hogar donde volver a empezar. La casa hogar de la Sociedad San Vicente de Paúl tiene cada vez más demanda de personas convalecientes ‘sin techo’. Antonio encontró aquí su segunda oportunidad. Tras superar una hepatitis C, fue operado de una lesión en el corazón. Ahora lucha contra un cáncer hepático. La calle pasa factura

Antonio, convaleciente en la casa hogar de San Vicente de Paúl, con la foto que le hicieron tras operarse del corazón. JESÚS F. SALVADORES
«Estoy como nuevo», asegura Antonio a pesar de que está librando una batalla contra el cáncer. En un año ha superado una hepatis C y una operación de corazón. Ahora, espera que el tumor siga retrocediendo, como le han dicho tras los resultados de los últimos análisis.
Antonio llegó hace un año a Ponferrada desde Galicia. Allí no le daban el tratamiento para la hepatitis C. Cayó enfermo y fue ingresado en el Hospital del Bierzo. Desde allí le trasladaron al Hospital de León.
Era candidato al tratamiento que cura la hepatitis C, la única condición que le pusieron es que tuviera un alojamiento. La trabajadora social del Hospital de León se puso en contacto con Sefi, la gerente de la Sociedad San Vicente de Paúl. A Antonio asignaron una de las 11 plazas con que cuenta la casa hogar de la calle San Pedro.
Antonio ya conocía la casa. Había sido usuario de Calor y Café, el albergue para transeúntes y personas sin techo de la Sociedad de San Vicente de Paúl de León. Pero tenía reparos en volver. «En anteriores ocasiones no tuve un comportamiento adecuado», confiesa.
«Lo pasado, pasado está», comenta la gerente. Antonio empezó su tratamiento y ha superado la enfermedad, aunque luego se ha tenido que enfrentar al quirófano para poner a punto su corazón. Muestra la cicatriz que atraviesa su tórax como una herida de guerra que lleva con orgullo.
Llegar a este punto no ha sido fácil. Antonio comenta que el alcohol y el tabaco, y muchos años de vida en la calle, han deteriorado su salud. Por eso ahora valora tanto la situación en la que se encuentra. Se siente muy agradecido. «Estoy como en mi casa, quizás mejor que con mi familia. Me apoyaron y me ayudaron. La asistente social es un Dios para mí», insiste. Mientras esté en tratamiento oncológico tiene la plaza asegurada. Después, habrá que buscar una solución.
En este tiempo le han tramitado el reconocimiento de una discapacidad que le da derecho a cobrar una pensión no contributiva y puede costearse las cremas especiales que necesita y también se ha arreglado la boca.
Quienes le han visto y quienes le ven ahora dicen que no se le reconoce. «He vivido en la calle desde los 8 o los 10 años y tengo 53. Con mucho alcohol y muchas más cosas que no me quiero ni acordar, porque, si no, apaga y vámonos», apostilla.
Nació en Oporto, donde tuvo contacto con «la peor mafia», asegura. Pero Antonio siempre ha estado vinculado a Galicia, donde guarda amistad con una familia que también le ha dado cobijo, y con León.
En la casa hogar de San Vicente de Paúl residen actualmente siete personas. Son tres mujeres (las plazas que hay para ellas), dos hombres en convalecencia, Antonio y Mustafá, y otros dos varonos. El objetivo de esta vivienda es que las personas adquieran una autonomía para poder vivir por su cuenta en un tiempo que varía según las circunstancias.
Mustafá, un búlgaro de 50 años, ingresó en octubre. Era usuario de Calor y Café, el albergue para personas sin techo y transeúntes ubicado en el mismo edificio de la calle San Pedro. Accedió a una de las plazas de convalecencia de la casa cuando le detectaron un tumor en el pulmón derecho.
También fue derivado desde el Hospital de León a este recurso social. «Solo tenemos una plaza para enfermos, pero como teníamos libres plazas de las generales pudimos admitirle. Está tan demandado este servicio que hemos llegado a tener hasta tres personas», explica Josefina Herrero.
«Mustafá no tiene nada y no se le puede tramitar ninguna ayuda», asegura. Vino a España para trabajar de pastor en Bustillo del Páramo y con la crisis se quedó en la calle. El dueño del rebaño vendió las ovejas y ahí terminó el sueño español de Mustafá. Está cansado por la radioterapia y tiene pocas ganas de hablar. Además, pese al tiempo que lleva aquí aún no domina el idioma. Está pendiente del resultado de los análisis y de un TAC que le hicieron.
Durante la entrevista, ya cercana la hora de comer, llega Antonio Sardiña. Va a buscar la comida. Es uno de los usuarios del programa de emergencia social. Antes lo fue de la casa hogar también como convaleciente. Parece que los pacientes que pasan por aquí tienen suerte. «Pasó por un cáncer de pulmón y hace un año, ya recuperado, pidió la baja voluntaria», explica Sefi.
Con la renta de ciudadanía, Antonio Sardiña paga un alquiler en un piso compartido. Los viernes lleva la comida para el fin de semana, como otros usuarios del centro de emergencia social. «Está en seguimiento y va bien, si no viene, avisa», explican.
Isabel está en la casa desde noviembre. Vivió en un piso por su cuenta hasta que se le terminó la ayuda y fue derivada desde el hospital a Calor y Café tras pasar por un ingreso en salud mental. Antes de que volviera a caer en la calle, ya vivió un año a la intemperie, le dieron la opción de estar en la vivienda «hasta que le tramitemos una ayuda».
Gloria, otra de las residentes, vivió 40 años en Barcelona. «Siempre trabajando, pero sin contrato ni seguro», lamenta. «Ahora aquí veo las puertas abiertas. Estaba trabajando, tuve una lesión y me quedé de baja», explica.
En el piso tienen unos horarios y se turnan para hacer las tareas. «Esta semana me toca poner las cenas», comenta Isabel. Cuando llega el verano hay que buscar otro alojamiento porque cierra.
El Hospital, desbordado
Los servicios sociales del Hospital de León atienden cada mes una media de 200 demandas de ayuda de personas ingresadas a las que tienen que buscar alternativas a la hospitalización por diferentes vías. Los motivos, según explica la trabajadora social María del Carmen Olmo Prieto son tanto de índole económico, como familiar y de salud.
En concreto, las situaciones que atienden las tres trabajadoras sociales de que dispone el complejo asistencial se deben a «falta de ingresos económicos, falta de soporte familiar, edad avanzada y necesidades sobrevenidas ante un accidente o enfermedad que cambia la vida e imposibilita el regreso al domicilio de esa persona en esas circunstancias».
El envejecimiento de la población es uno de los factores que influye en la altísima demanda de soluciones en los servicios sociales del Hospital de León, pero también las situaciones de precariedad económica y la falta de apoyos en el domicilio cuando además hay que atender a otras personas que precisan ayuda. «Atendemos en las situaciones de necesidad también durante la hospitalización», indica Olmo. «Hay mucha soledad, faltan apoyos durante el ingreso, que se complican cuando también hay que atender otras demandas en domicilio (hijos pequeños o dependientes)», añade.
Uno de los centros de respiro para casos de personas sin techo —que son una minoría entre los que se presentan cada a lo largo del año— es el Hogar de la Sociedad San Vicente de Paúl en León. La casa se encuentra en la calle San Pedro, en el mismo edificio del albergue de Calor y Café y el centro de día Concepción Arenal, que dan soporte a las personas sin techo que viven o llegan a la ciudad. El hogar está concebido como un recurso transitorio destinado a personas que carecen de vivienda y reúnen condiciones para rehacer sus vidas y empezar de nuevo. Esta casa cuenta con 11 plazas y la demanda de personas para convalecencia es cada vez mayor