CORNADA DE LOBO
Esta vida perra
Como cada mañana en aquella ciudad (del tamaño de esta), salía de dependencias municipales un camión cisterna cargado con 10.000 litros de orín de perro y diligentemente iba remojando con él cada esquina de la zona urbana, pero dejando propinón para jardines y paseos. Al mes, 300.000 litros; hágase a la idea: una piscina, un enorme pilón de meaos.
Ocurría así porque en aquella ciudad no había perros, pero en esta, y en todas hoy, no es necesario ese gentil servicio municipal, se encargan de ello los miles de canes oficialmente censados (y los no censados, que también mean, ¿cuántos son?... ¡quí lo sá!... póngale usted cuarto y mitad). Nos cuenta López de Uribe que en esta provincia hay un perro por cada tres habitantes y medio y que en la capital se cuentan 15.000 legales, cifra que supera la de menores de 14 años, aunque el número de jubilados duplica al de perros (no hay foto mejor que explique todo esto).
También ocurre que la casa despoblada donde vive la gente mayor parece otra cuando entra a vivir a ella un perro (vale también un gato, incluso un canario). Se dice que a esas edades un matrimonio ya lo tiene todo hablado y que hay fatiga en el decirse o arrimarse, pero entonces aparece un chucho (fierecillo y retaco, que la abuela no está para arreones de correa) y vuelven al pasillo y a la salita las palabras de mimo, vuelven las manos a acariciar haciendo fiestas en el pelo, vuelven las regañinas amorosas o la típica riña histérica de mamá sobrepasada si el canelo mea la alfombra... vuelven, en fin, las palabras a decirse, no solo a escucharse en la tele, que no para todo el día y, más que aclararles, les confunde (o les irrita: ¡cuánta puta y yo qué viejo!, murmura el anciano cascarrabias obligado a ver el «Sálvame» aunque huya ensayando cabezadas).
Palma de Mallorca, tan jubileta y alemana, obliga a llevar botella de agua al pasear a los perros para tirar de la cadena al menos cuando meen sus esquinas rutinarias. España se escojona, pero Peláez asegura que todo este lío guarro y su polémica se arreglarían si enseñaran a los perros a salir de casa ya meaos como todo bicho viviente.