?Domingo de Ramos
P órtico de la Semana Santa. Domingo para conmemorar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, horas antes de su pasión y muerte. La liturgia de este día tiene dos partes bien marcadas: la bendición y procesión de los Ramos, y la celebración de la Eucaristía, donde la Palabra nos habla de la pasión, muerte y glorificación del Señor (Is 50,4-7; Flp 2,6-11; Lc 22,14-23,56). Comenzamos, pues, esta Semana en la plaza pública, foro profano por excelencia, lugar de mercado y negocios, ágora de discusiones y polémicas, punto de fricciones económicas e ideológicas, atrio de los gentiles... Y, desde ahí, desde la plaza, cantando himnos al Señor que viene, nos dirigimos con nuestros ramos hacia el templo, ámbito de lo sagrado, morada de Dios, lugar para la escucha de su Palabra, espacio para el despojo de uno mismo..., para entrar en la profundidad del milagro de nuestra redención y experimentar la llegada a nuestra vida del Redentor que, por su entrega en la cruz, reconcilia a los hombres con Dios Padre.
En estos días santos, queremos pasar del imperio de lo temporal, del cálculo y de la razón práctica, al reino de la interioridad, de lo ilimitado e incomprensible, lugar donde el Misterio nos abre al amor y a la fraternidad (Jueves Santo), a la aceptación sin evasivas de la voluntad de Dios (Viernes Santo) y a la plena renovación por la Luz de la Vida, el Agua y el Espíritu (Domingo de Resurrección). Jesús sigue sufriendo su pasión y muerte en los enfermos, ancianos, excluidos, pecadores... En toda persona que sufre, Cristo sufre y nos pide una respuesta de amor: «Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme» (Sal 21,19-20). Que la lectura de los textos bíblicos y la oración personal y comunitaria nos ayuden a vivir con gratitud y profundidad esta Semana. Que sea «Santa» de verdad para cada uno de nosotros, para cada comunidad y para toda la Iglesia.