Diario de León
Publicado por
GARCÍA TRAPIELLO
León

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Ahora que ellos se pegan y cortejan vuestros votos diciendo que os van a cambiar las cosas y con ellas va a cambiar este mundo que perrea y perrea, recordad lo que dijo san Francisco, «il poverello de Assisi», en su lecho de muerte, rodeado de sus cercanos poverelli: «Hijos míos, fratelli mei, no intentéis cambiar el mundo, cambiad de mundo». Así hizo Octavito su entradilla a la tertulia como un recién comulgao, con perorata y ganas de masajearnos la moral porque dice ver en nuestras caras la tristura desmoralizada de un país de inmoralidad a manta donde solo sonríen (o ríen por detrás a mandíbula batiente) los inmorales que van pillando al manejar las compuertas de los ríos revueltos o minar el campo con leyes-trampa... ¿esto os desmoraliza?, pues cambiad de mundo, haced caso, es la única revolución posible, no admite excusas, solo depende de vosotros, ahí nadie os ordena o prohibe... y ya en vuestra casa, ¿quién objeta, quién lo impide?... solo se trata de crear vuestro mundo dentro de este sin tener que saliros de él o alzar muros fronterizos, o sea: de la puerta padentro, mi república... de la puerta pafuera, mi libertad... y la calle, siempre de todos.

Efectivamente, Octavito traía carrete: ¡gran respeto para este santo!, insistió, fue un tipo íntegro y el peor antisistema que pudo imaginar la Iglesia rica y corrompida de su época, un iluminado podemista, para entendernos, y más radical al declararse enemigo acérrimo de la propiedad privada hasta el punto de ordenar a sus frailes mendicantes no ser dueños ni de su hábito de arpillera; incluso ordenó que le enterraran desnudo en tierra, sin más, como al nacer.

Pero fue santo a los dos años, el más rápido de la historia, y creció la fama de la orden, vinieron propiedades, fundaciones, ricos templos y doscientos años después hubo escisión entre franciscanos conventuales y observantes, amén de capuchinos, unos eran fieles a la pobreza del fundador y otros convertidos en casta de grandes monasterios como el podemista que sueña para sí un chalet chorra en la sierra. Y no cambiaron de mundo... ni el mundo cambió.

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