El baile del ahorcado
Melquiades Rivera
España ha cambiado. Lo que ocurre es que hay muchos que aún no lo han visto. España ha cambiado porque hace tiempo que España decidió cambiar el paso y dejar la melancolía para refugiarse en el curso de la historia. España ha cambiado y los que siguen atados a la podredumbre son los fascistas del País Vasco y Cataluña, vencedores de la corrupción y la barbarie que comenzó en el Rif y se cerrará definitivamente cuando todo lo que provocó el franquismo se entierre definitivamente.
España ha cambiado. Las elecciones del domingo demuestran que España puede haber retomado el relevo de la regeneración que puso en marcha Melquiades Álvarez junto al leonés Gumersindo de Azcárate. El fundador del Partido Reformista tuvo el sueño de acabar con el caciquismo, de encarrilar a España en el tren del progreso y hacer del país una nación laica, progresista y liberal. En una época en la que solo se hablaba de súbditos, él pidió audiencia a Alfonso XIII para hablar de soberanía nacional.
España ha cambiado, entre otras cosas porque se ha demostrado que hay una manera de entender la política en la que sobran las etiquetas y las alambradas ideológicas.
España no estaba preparada para Melquiades Álvarez. Demasiado liberal, demasiado avanzado, demasiado valiente, demasiado pronto. Hacía falta un pueblo y hemos tenido que esperar más de cien años para que España lo alumbrara. Así que aquí estamos, con un país que pudo haber escuchado los cantos de sirena —la amenaza fascista que llega de los nacionalismos periféricos es un peligro real e inminente— y prefirió mantenerse atada al mástil del navío democrático.
Albert Rivera tiene la posibilidad de continuar el capítulo de la historia que puso en marcha Melquiades Álvarez. Hay más de cuatro millones de votantes que le han dado su apoyo para que construya el país que los españoles merecen. Lo único que tiene que hacer ahora es pensar que lo único que importa es este viaje.