LA CAPITAL BARROCA DEL ESTE

Las ciudades son lo que vemos o sentimos. Pero también lo que han significado en su devenir histórico. Vilna (Vilnius), la capital de Lituania –país que tiene sus límites con Letonia, Bielorrusia y Polonia— que recibe el nombre del río que circunda buena parte de su perímetro, es una ciudad abierta y tolerante, posiblemente por ser un buen resumen de la tortuosa historia europea del siglo XX. Ha sabido conservar su esencia y adaptarse, sin perderla, a los nuevos tiempos. El viajero piensa que mantener este equilibrio, tantas veces olvidado, es una de las fortalezas de las ciudades, lo que permite, además, adjetivarlas según la fijación de la mirada específica de quienes las visitan. El título con el que abrimos este viaje es uno de los muchos posibles, que solo sirve de mínima orientación al que añadir los propios. Con frecuencia las ciudades son un estado de ánimo, una impresión, una constatación de intereses personales o de querencias. Quién sabe. Lo premeditado resulta ser a veces una rémora. El espíritu abierto sortea muchas dificultades y enseña lo que no está escrito, aunque lo escrito sea importante, por complementario.
Le había prometido en otra ocasión volver a Vilna. Al casco histórico, en concreto, el casco barroco más grande y mejor conservado posiblemente de la Europa del Este, Patrimonio de la Humanidad desde 1994. Acaso acceda a él por la Puerta de la Aurora –el nombre apunta hacia donde nace el alba—, la única puerta de la ciudad medieval que aún queda en pie. En la capilla de este rincón icónico, una imagen de Nuestra Señora de la Misericordia, muy conocida y venerada, en disposición poco habitual. Estamos, en cualquier caso, ante el Ayuntamiento, convergencia en su día de toda actividad comercial, hoy también centro de exposiciones y conciertos.
Enfilamos la calle Pilies (Pilies Gatvé), empedrada y peatonal, seguramente la más transitada del casco histórico, su verdadero corazón. Camínela con esa lentitud sagrada de la que hablan quienes se refieren al sabor del gozo, porque el espacio contiene mucho sabor: monumentos, restaurantes, bares, tiendas –con el preciado ámbar lituano, al que se dedica una galería—, mezcla muy diversa de estilos arquitectónicos llenos de contrastes, con notable presencia del ladrillo, el aire de la confirmación soviética en algunos momentos, terrazas, pequeños mercadillos, iglesias… «La ciudad de las iglesias» la llaman no pocos, con más de sesenta en una ciudad que ronda el medio millón de habitantes. Además de las recordadas en otra ocasión y la llegada a la catedral hoy como final de trayecto, permítame anotar ahora dos de mi entusiasmo circunstancial: la de San Pedro y San Pablo, apoteosis barroca, con ‘El Arca de Noé’ pendiente y curioso. Cuánto da de sí. Y la ortodoxa del Espíritu Santo, con su llamativo retablo verde, y la puerta, hermosamente barroca. Buen motivo, en cualquier caso, para perderse por el intríngulis de calles, callejuelas y callejones laterales. Nunca pierda de vista el viajero levantar de vez en cuando la mirada. Seguro que encontrará más de una sorpresa.
Este viajero, mientras tanto, ha decidido hacer una breve parada gastronómica. No quiere perder la ocasión, atento a la esa llamada silenciosa de la reposición de fuerzas, o de la gula, quién sabe, de probar los cepelinai, plato estrella de la gastronomía local, hecho a base de masa de patata rellena de queso, carne o setas. La cerveza suele ser buena acompañante por estas latitudes. Como cierre para aligerar y seguir caminando, arbata, una de las infusiones a las que tan aficionados son los lituanos. Mientras esperaba la llegada de la comanda, a uno le dio por fijarse especialmente en la fisonomía femenina, de manera concreta en rostro y ojos. Deduce, aunque sin fundamento consistente, que no ha habido ‘mezcla’ aún, lo que puede ser síntoma de un turismo incipiente. En cualquier caso, unos y otras son testimonio de una deliciosa cercanía y amabilidad. Piensa también que, más tarde o más temprano, todos los viajeros acabarán encontrándose con la Avenida Gediminas, la arteria principal de Vila, larga y atractiva, llena de historia, moderna. Un buen paseo nocturno, si la época lo permite, lleno de animación.
El casco histórico se camina fácilmente, en un andar. Levantada la mesa, que no es cuestión de celebrar ningún banquete, pronto desembocamos en la amplia plaza de la catedral, en la que se erige la estatua de Gediminas, el gran duque de presencia inevitable, fundador de Vilnius (principios del siglo XIV) y que ejerció gran influencia en este país, hoy el más poblado de los llamados Países Bálticos. Llama la atención, como parece lógico, el conjunto de la catedral y campanario, exento, de blanco inmaculado en ambos casos. La catedral de San Estanislao y San Ladislao es el templo católico más importante del país. Aunque de factura neoclásica, el interior sobre todo, no gran cosa, es una mezcla de estilos debida a las sucesivas circunstancias provocadas por guerras e incendios. La capilla de San Casimiro es uno de los principales referentes barrocos de la capital lituana. El campanario, que se puede visitar, único sin duda, fue en su día una torre que formaba parte del complejo defensivo de la ciudad.
Bien visible y cerca, uno de los iconos de la capital: la Torre del Castillo de Gediminas, asentada en una de las siete colinas que, como en Roma, circundan el entramado ciudadano. Las colinas también forman parte, al menos simbólica, de los aspectos míticos y fundacionales. Al margen de la riqueza musealizada, en la parte superior de la torre hay un mirador que ofrece magníficas panorámicas no solo del casco histórico, también de la nueva Vilna. Y otra colina, la de las Tres Cruces, con sus propias historias y leyendas y un mirador que ofrece nuevas perspectivas, interesantes. No sabe uno muy bien por qué siempre es alentadora la contemplación de las ciudades desde las alturas. En el primer caso puede hacerlo a pie o mecánicamente. Pero ya que estamos cerca, llegue caminando al Palacio Presidencial, que lo fuera del Obispo, donde no vive pero sí trabaja el Presidente. Y también el conjunto arquitectónico de dominio barroco en que tiene su sede el edificio histórico de la Universidad, una de las instituciones educativas más antiguos (1579) y prestigiosas de la Europa del Este.
Cuando ha desaparecido la luz natural, tomo notas en una terraza de la Avenida Gediminas. Tengo una intensa sensación de tranquilidad llena de recuerdos. El viaje parece estar siempre asociado a los recuerdos. ¿Será verdad? Buenas noches.