El desconocido teatro de Julián Ayesta
Mª ángeles varela
Hace algo más de un mes, desde las páginas de este Diario, se recordaba a Julián Ayesta y su valiente crítica del «caso Ruano» (1969). Para entonces, Ayesta era un diplomático y escritor prestigioso gracias a su Helena o el mar de verano (1952). Esta novela rompe frontalmente con el tópico de la narrativa de posguerra, gris, hiperrealista y amarga. Considerada como uno de los libros más importantes de la narrativa española del pasado siglo, es un luminoso cuadro lleno de sutileza nostálgica y evocaciones líricas de la adolescencia que emula el fluir libre del monólogo interior de Joyce.
Sin embargo, Ayesta fue sobre todo dramaturgo. En los primeros años de la posguerra se vieron publicadas varias piezas teatrales suyas que, además, el TEU llevó a la escena. La reciente publicación de sus obras de teatro (Editorial Academia del Hispanismo, 2019) reproduce diez piezas entre las estrenadas, las inéditas y aquellas olvidadas en los archivos de algún director teatral, del propio autor o de los archivos de la censura, pues el contenido subversivo de muchas de ellas impidió su estreno. Entre ellas, se publica por primera vez La ciudad lejana (en colaboración con Alberto Crespo, 1944): adaptación de una distopía sobre la eugenesia de los regímenes autoritarios que, gracias a la astucia de sus autores (pormenorizada en el prólogo de este volumen), logró estrenarse, escandalizó a los presentes y fue fulminantemente prohibida. También fue muy comentada Entierro de caridad (1955), un subversivo retrato de los inicios de la Guerra Civil, en que retoma a una Helena, ahora sádica casquivana, en una pieza que invita a la risa catártica. Esta obra había sido leída en privado y entusiasmado a los intelectuales de la época, que esperaron su estreno con entusiasmo, pero otra vez la censura alegó un tono irreverente para prohibirla, a pesar de los denodados esfuerzos que el propio Fraga hizo para salvarla del olvido en que llevaba más de sesenta años, hasta que fue encontrada hace poco. Y aunque habría mucho más que decir de otras varias piezas que no lograron agradar a los censores y hasta ahora no habían visto la luz, hemos de mencionar El Estado de Razón (1972): nacida al calor del Estado de Excepción de 1969 y del caso Ruano, en el que un joven estudiante fue defenestrado desde las dependencias policiales, aunque la prensa lo presentó como un suicidio. Ayesta, indignado, publicó un artículo en defensa del joven (incluido en el Apéndice del volumen) y retrató en esta pieza unos Tribunales de Reserva Especial en que reconocemos a los Tribunales de Orden Público, y un Estado que, en lugar de proteger a sus ciudadanos, los sacrifica para lograr su propia supervivencia: manipulación mediática, falta de separación de los poderes del Estado, la «razón de Estado» arrollando al individuo… Al volumen le antecede una biografía de tan original escritor y un estudio en que su teatro del absurdo existencial se presenta como un eslabón precursor del teatro de Arrabal o Nieva.
(*) M.ª Ángeles Varela. Titular de Literatura Española Universidad CEU San Pablo.