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León

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JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ

Este mismo año publicó Iribarren su Poesía completa, en la que no pudo entrar el poemario que ahora reseño, Un lugar difícil, que viene acompañado de un importante premio de poesía. La de Iribarren llega sin obstáculos a cualquier lector por un par de razones al menos: porque cuenta lo que el poeta ve en la calle y porque lo cuenta a la manera de la calle, aunque algo pulido por el verso, pero sin grandes artificios. Se trata de una poesía realista, clara y comunicativa, sin complicaciones formales, de progreso sencillo, de fraseo común agudizado acaso por un verso final inesperado, por una ocurrencia que puede dar un pequeño giro, nunca brusco, a lo que se va diciendo. Uno de los versos enuncia lo siguiente: «Miro la lluvia hipnotizado desde los bares»; puede ser una buena síntesis de la actitud del poeta: observar es la acción poetizada en la mayoría de los poemas; y el lugar desde el que se mira es frecuentemente el bar de la esquina, desde cuya ventana se observa lo que sucede en la calle, así como la porfiada llovizna de la tierra vasca.

La poesía de Iribarren es una poesía del momento para el lector urbanita de hoy, rápida y breve, compuesta en cualquier lugar, por ejemplo En el Alvia, llegando a Burgos, como se titula un poema. Es ante todo una poesía urbana; sus paisajes no son otros que los de la ciudad, y en concreto de su ciudad, San Sebastián, lavada o no por una cortina de lluvia o difuminada por la neblina. De lo que nos habla es, a mi parecer, del amor a la vida, de las pequeñas cosas que hacen del vivir algo apetecible: una lectura, un café en el bar, oír la lluvia en la noche, la cercanía del mar, la contemplación del hormigueo de la gente, del ajetreo de la calle, una presencia grata que aplaca algún malestar, las sencillas alegrías del amor, algunas leves críticas (por ejemplo, a la altanería de una gloria local y «su inmensa insignificancia»), algunos recuerdos fortuitos, ciertos pensamientos breves y fugaces que tampoco quieren ser profundos, pues, a la postre, expresan la «filosofía de la vida» que evoca un poema; es verdad que los años empiezan a hacer mella, hasta el punto de considerar el poeta que «vivir es aprender a despedirse». La poesía de Iribarren se resume, por así decir, en las acciones de ver y mirar como pistas de despegue para poetizar un recuerdo, una satisfacción, una alegría o un malestar; es decir, el murmullo del vivir cotidiano, acaso sin más alcance.

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