Diario de León
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León

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josé enrique martínez

La riqueza de la poesía asturiana del presente puede explicarse, entre otras cosas, por el magisterio de poetas como Ángel González, Fernando Beltrán, Víctor Botas u Olvido García Valdés. Muchos nombres posteriores podríamos sumar, y entre ellos, el de Pablo Núñez, director de la revista gijonesa Anáfora.

Creo, y lo creen otros, que la historia de la poesía presenta, con matices, una clara bifurcación: por una lado la poesía que tiende a violentar el lenguaje, a la quiebra del ritmo en favor de una lectura guiada por la extrañeza, con Góngora al fondo; por otro lado, la poesía que propende a la línea armónica, melódica y emotiva, con Garcilaso acaso como referencia.

A esta segunda tendencia pertenece la poesía de Pablo Núñez: versos de ritmo acordado, dicción serena, emoción en torno al paso del tiempo y los sueños pretéritos, «la belleza del mundo», los «recuerdos vivos de otros días», «la luz de los viejos mitos», «los restos del pasado», los ecos de otros textos, la huella de diferentes lecturas... Las citas o alusiones de algunos poemas van en esa dirección: versos de Cernuda, que «dejó en el alma de tus días dura huella», de Eloy Sánchez Rosillo, Amalia Bautista o Víctor Botas. Pero no es mero sentimiento lo que percibimos, porque en la poesía de Pablo Núñez la idea guía el poema, encaminado después hacia la pacífica emoción. Puede leerse cualquier poema al respecto; por ejemplo, «Verbier», que celebra la alegría compartida con los amigos, frente a la montaña impregnada por «los ecos del tiempo»; léase el poema que da título al poemario, marcado por una actitud segura en el pasado: «No elegiste un camino, pero fueron / siempre firmes tus pasos en la niebla»; o el que inicia el libro, sobre un cuadro de Edwar Hopper: la mujer que se asoma a la ventana, hermosa y sosegada como la exuberante naturaleza que contempla, siente el rumor de una esperanza que cuaja en el «símbolo de todo lo que empieza», un horizonte de luz que «adquiere el esplendor que solo tienen / algunos sueños antes de cumplirse».

La poesía en la que el flujo del tiempo es motivo esencial suelen exhalar un aroma de melancolía, pues al fin canta lo perdido. El poema no es sino una forma de intentar recuperarlo; vano afán: sólo imágenes desvaídas en la memoria y únicamente palabras en el poema. «Solamente esperas que la memoria acuda / otra vez al rescate», enuncia el poeta, bajo la tenue sombra amable del recuerdo desde una actitud de serena remembranza.

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