Vine a ti para saber quién soy

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josé enrique martínez
La marca Vilas presenta señales bien reconocibles: escritura realista e imaginativa, facunda, irónica, vitalista, directa, comunicativa, ocurrente y libre en cuanto a la mecánica del verso tradicional, sin que le importe difuminar las diferencias entre prosa y verso. Puede comprobarse con la lectura de su nuevo libro, Roma, de título tan escueto como todos los suyos: El cielo (2000), Resurrección (2005), Calor (2008), Gran Vilas (2012) y El hundimiento (2015). De Roma podemos apuntar el desarrollo narrativo y diarístico de los poemas. Se trata de un diario de viaje, como lo fue, de modo muy distinto, el Diario de un poeta recién casado de Juan Ramón Jiménez. El de Vilas comienza con la llegada («Vine a la ciudad de Roma / en un vuelo comercial») y finaliza con una repatriación accidentada por culpa del coronavirus, de Roma a Madrid pasando por Moscú. El diario suele dar cuenta del lugar, Roma en este caso, y del tiempo, los meses últimos del dos mil diecinueve y los primeros del veinte. Y suele llevar aparejadas actividades como observar, pensar, fantasear, sorprender, disfrutar, etc. Por otro lado, las horas se llenan de momentos memorables y de otros comunes y banales. De todo da cuenta Vilas: monumentos, plazas, calles, gentes, tiendas, cafés... Y todo lo anota, reiterando el precio de cada cosa: «Hoy he pedido bacalao con garbanzos / y me han costado seis euros con cincuenta». Si solo nos detuviéramos en los aspectos superficiales, el poemario resultaría insustancial. Es verdad que cuenta más que canta, que es más narración a pie de obra que elevación lírica; pero también es cierto que en los poemas respira la presencia viva del superyó de los poemas de Vilas, un sujeto que va relatando su discurrir existencial. Acaso interese su presencia en lugares tan emblemáticos como, por ejemplo, el Museo Vaticano, con el agobio de los «pisotones, embestidas, codazos...», si bien el arte vence a la contrariedad, aunque al poeta le gusta contrastar la vida real del contemplador con la ficticia de las figuras representadas. El poeta comete dos infidelidades con Roma, al viajar a Florencia y al sur de Italia. Era en este último «el 29 de febrero del año veinte, / y la peste se paseaba por el mundo». Calles vacías, establecimientos cerrados. Lo que todos hemos vivido. Lo que ve en el retorno brusco a un Madrid ya enfermo, desde donde manda su voz a Roma: «Y si yo no volviera, / otro español lo haría, / y te amará como siempre / te hemos amado los poetas».