Cornada de lobo
Pescando sin pescar
Sábado de sol, sábado de sombra. Por la mañana, al río; buscando a Fraga. Por la tarde, al pozo; viendo a la Cultu rascar el fondo del caldero. En el río, truchas; en el estadio del desguace, mucho trucho boqueando en seco. En el campo de la caña, un resultado no deshonroso: Fraga, tres: truchas, dos (una que devolvió al agua y otro penco rebrincón que se las piró). En la cancha del honor: Cultural, cero; León, nada. Y... «a la mierda, albañiles, que se acabó la masa»... o, como dice mi madre, «aquí murió el Tío los Nabos». Lo de pescar a Fraga era una cuestión personal. Hacía justo veinticinco años de la última vez que intenté pescarle en el río. Día aciago fue aquel 16 de junio del 77 para el acorazado gallego, el diplodocus más numantino de la política española. Fraga, entonces, escapó de Madrid a las aguas del Condado para roer la estaca del varapalo electoral que dejó a Alianza Popular en derrota estrepitosa. Había ganado Suárez, pero Fraga era la noticia. Y no había hecho declaraciones ni comparecido. León fue su bálsamo; y el río, su árnica. Se lo bebió. Escribía yo entonces en «Pueblo» y Daniel Gavela, que ahora es el comandante absoluto de la Ser, había venido de Madrid porque su periódico El País perseguía lo mismo. Concertamos esfuerzos, le presté unas botas y nos fuimos al soto del Porma a pescar al gran cachalote. Caminamos emboscados toda la mañana para nada. Una nube verde de guardas y guardias nos nubló la misión. Imposible el lance. No hubo captura (ni siquiera a la puerta del Hostial donde casi nos parte el morro uno de seguridad). Así que el sábado quería sacarme una espina. En esta ocasión, Fraga rindió su gentileza y un ratín de charla nos premió la paciencia, aunque se resistió a una foto en el río donde batalló seis horas seguidas, qué tío. Volvimos cumplidos y con ganas de repartir el augur de la suerte al trance que le aguardaba a la Cultu, el ser o no ser. Pero no hubo goles en la cesta. Cabizbundos y meditabajos, los del pelotón blanco rindieron el honor. La culpa, ¿de quién?... Que lo averigüe el guarnicionero que hace los balones, pero tengo para mí que si el entrenador en funciones salió con traje de boda y zapatos horteras de tafilete, algo gafó el asunto.