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León

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Una y otra vez vuelvo al corro y a su teoría, engarce circular de gentes, expresión natural del arrejuntamiento igualitario, pues en un corro jamás hay primero o último, atrás o delante. Me fascina el corro y su entrañamiento en las viejas costumbres populares. En corro se junta la vecindad para discutir las cosas del concejo, en corro se merca y en corro se acuerda. Cuando el historiador greco-romano Estrabón se dio una vuelta por esta finca del imperio que andaba balcuceándose como colonia en aquellos años de bronca astur contra unas legiones romanas llenas de etíopes y nubios, se percató de una curiosa rareza de los lugareños, pues, según escribió, eran gentes que comían en corro y en corros asistían a las luchas gimnásticas que, según la teoría, fijaron los fundamentos de lo que después llamaríamos aluches, lucha cazurra (que cuando se celebra en plenos corporativos llámase lucha cipotera, pues en vez de agarrase del cinto, se cogen por el rabo o las pelotas). El corro -o el semicorro, si se trata de parlamentarismo- es la disposición más democrática que puede adoptar el pueblo peatón. En la patria del invierno, que aquí ves, el corro lo dicta el fuego y donde mejor se ensaya esta teoría circular es en la casa de cada cual. Y si entendemos que esta sociedad nuestra se afinca hoy con más raíz en los hábitos democráticos, no se alcanza a explicar por qué los arquitectos diseñan casi todo con el cuadrado y las alturas, viva la basílica, así trazan sus auditoriums y salones, gran presbiterio arriba, bien alto, abajo el pueblo imbécil, arriba los listos, abajo los que acatan doctrina, escenario y bambalinas para el guapo de la contrata, butaca numerada para la tropa de bulto, una y otra vez resucitan el viejo modelo teocrático. No hay salones de actos diseñados en círculo como hacían los griegos con sus teatros y los romanos cuando copiaron a los griegos. El poder de hoy será democrático, según la teoría, pero su práctica es liturgia y ceremonial, distinción de clases y poder, salones plenarios (ahí está San Andrés) que son escenografía de tribunales de fe y dogma, pura inquisición con barandas colgados de la altura y otros barandillas apostados en flanco bajo; el pueblo, al fondo. Más que andar poco, vamos de culo y patrás.

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