Diario de León

Agustín Jiménez A LA ÚLTIMA

Guerra o paz en Colombia

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En una foto que publicaban el otro día, un niño enchufado a una botella de Coca Cola esnifaba pegamento entre dos cadáveres que habían amortajado para celebrar la toma de posesión de un presidente. Parecía un niño espectro, sin altura ni edad, con los trazos borrados de una pesadilla, pero, en realidad, era un futuro elector. Álvaro Uribe, que ha llegado al palacio presidencial de Bogotá como un marciano recién salido de la ducha, debería convertirlo en un niño de carne, hueso y sonrisa. A Uribe lo flanquean ahora militares decididos, muchos militares hosquísimos, veremos si para custodiarlo, si para custodiar a sus enemigos o simplemente para seguir el deseo hormonal de actuar en la próxima superproducción del planeta. Al nuevo caudillo lo acosan tantas plagas que cualquier guionista en sus cabales los repartiría para formar una serie pero, en el mundo sin piedad de los fantasmas, todos los capítulos sucederán a la vez y el héroe estará obligado a jugar un campeonato simultáneo de jaque mate en que cada vez que pierda, lo van a asesinar: Uribe contra la guerrilla, Uribe contra el ejército, Uribe contra el paraejército, Uribe contra los narcos, Uribe contra los pobres malvados, Uribe contra Estados Unidos, Uribe contra los patriotas, Uribe contra Colombia, Uribe contra los muertos insumisos. Ignoramos si tendrá salud y talento para tantos papeles. Si venciera, convenciera o, cuando menos, ganara un Oscar, Hispanoamérica tendría derecho a un poquito de esperanza. Colombia es el ejemplo más extremoso de una región inmensa cuyas poblaciones han alcanzado el siglo XXI sin convenir una «razón de estado», sin aparcelar los conflictos y sin creer para nada en el prójimo. Una región semicontemporánea pero semiantiquísima, dotada de recursos distribuidos por un ángel desquiciado. Una región cada vez más sitiada por la nada y que ya no proporciona ni destinos turísticos seguros. Una región inmensa. En pocos meses, Argentina se ha ido despeñadero abajo a reunirse con Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, quizás Uruguay y casi seguro Paraguay. En México lindo y querido, vimos hace pocas semanas a las masas alucinadas precipitándose a respirar el aura de un Papa decrépito. Buscaban un santero. Pero Hispanoamérica no necesita santeros sino ciudadanos.

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