Cornada de lobo
A la burlona, un pellizco
Cuentan los libros de antaño que una espesa tropa de menesterosos, tullidos y robaperas se citaban cada año bajo los anchos soportales que forraban de atrio el derredor del viejo santuario de la Virgen del Camino que asolaron con piqueta insolente para construir este de ahora; y que allí limosneaban a grito pelado o chuleaban la compasión con lástimas y bendiciones barrocas. Eran mendigos profesionales conmoviendo a las beatas con sus muñones al aire y sus postillas y sus deformidades vendadas con harapos. Algunos, sin patas ni orejas, eran acomodados en tableros inclinados o costanas y suspendían la respiración de quien detenía los ojos en su monstruosidad. Es lo que vieron allí. Y más allá, carros orillados en reposo con sus varales tiesos insultando al cielo, puestos de trillos y cerandas y horcas y granos y cueros y toda suerte de mercadería para la gente de campo que ya tiene la cosecha en el fardel, el cobre en la faltriquera y en el cuerpo ganas de romería y de volverse a casa llevando su apero, un pañolón para la dueña, cuatro chucherías para la crianza y unas avellanas asturianas para que tengan sus perdones los que quedaron en casa. Se venden pimientos y uvas, algunos melones, aceitunas en tonel bajo una nube de moscas, higos secos, brevas con avispas que zumban entre los puestos, tenderete y carrín, las morcilleras en su mondongo dándose cobijo con un sombrajo de lonas que son un telar parapléjico. Se venden roscas fritas y cera de la que arde, vela de media libra algunos, simple candela enroscada los pobres, y bacalao tieso, guirlache y caramelo de palo, hogazas del Ferral, manzanas de morro de liebre, huevos frescos, cestos de mimbre verde, cabezadas de acémila, cascabeles y cencerras, telas y panas, callos y caídas, navajinas gallegas... Y esparcidos por la gran esplanada, grupos y corros, familias junto al carro, mantel tendido, salen del cesto corras, hornazos y tarteras junto a una barrila de vino tintón mitad Toro, mitad mal polvo. Hay un gaitero de Navia y suena un chiflo maragato, pero lo toca uno de Alcoba. Arrecian sus rezos las anovenarias que huelen a chatún de no ver palangana. A la Virgen una salve. Al tasquero, dos jarros. Y a la burlona, un pellizco. Pasó la romería.