Diario de León
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León

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En Cataluña se cepillaron con sabia garlopa pesetera las diputaciones y no por ello se les ha esferulado el estaribel comarcal que hoy tanto se soba en el discurso político. Y nadie las echó de menos; bien al contrario. En un estado autonómico no tienen sentido esas corporaciones provinciales que duplican y triplican las competencias propias de los gobiernos regionales o centrales, fragmentando objetivos y complicando listamente la gestión hasta niveles de absurdo. Una diputación puede entender de agricultura, carreteras, sanidad, obras públicas, recaudación, patrimonio monumental, pimientos y castañas, asistencia social... mete mano, y muchas veces la pata, en industria, ganados, cultura, flautas traveseras, educación, canales de riego, turismo, esquí... lo que le eches... incluso museos de caza... se inventa competencias, se infla de funcionarios, crea nuevas instancias y departamentos, incluídas algunas sociedades anónimas, y de los dineros que les conceden han de invertir más de la mitad para gestionarlos yéndose al cuerno por el desagüe de nóminas y puñeterías corrientes... Una diputación entiende de todo y de nada. Y, por si fuera poco, es en sí misma una perversión democrática, pues a sus corporativos no les elige nadie; se designan, puto dedo, los nombra el señorito secretario, la ejecutiva, de manera que una diputación es impune y bastardamente patrimonio privado de los partidos que eligen por comarcas sus representantes para que acudan a su escaño no a defender la provincia que desgobiernan, sino su caso particular, su pueblo y demarcación electoral. En todos estos años no he conocido diputado al que le quepa todo León en la cabeza; sólo su trozo, sus intereses locales; el resto se la suda y hasta lo combate; ainda mais, la talla política de los diputados leoneses que planchan el culo en el Palacio de los Gañanes (¿Guzmanes?) suele ser de una mediocridad tan trotona y peligrosamente garbancera, que desalienta mirar adelante. Los dineros no se reparten según prioridad o necesidad; el bacalao se corta con servidumbres políticas y clientelismo paleto. Por si fuera poco, las crisis y la escandalera política convierten eso en charco de ranas, estrépito bronco. Harakiri se pide al efecto. Corra el aire.

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