Carlos Carnicero A LA ÚLTIMA
Veinte años
Veinte años de vida democrática no es nada, a pesar de que, desde la victoria socialista en 1982, han ocurrido tantas cosas y ha cambiado tanto nuestra vida. En la medida que la distancia se acentúe se disipará la anestesia que provoca la falta de memoria de la ciudadanía, víctima permanente de una seducción mediática que todo lo distorsiona. Ha sido un éxito de marketing -al que sin duda no será ajeno ese enigmático personaje que está en mitad de todas las salsas y que se llama Pedro Arriola- el que ha conseguido que la memoria de lo que fue el socialismo en el poder durante trece años se haya condensado en un agujero negro de corrupción y guerra sucia. El tiempo, como siempre, situará cada cosa en su sitio, porque la historia resiste mucho mejor las falsificaciones en la distancia corta que en la larga. La España de la modernidad no ha florecido en estos años de obsesión del déficit cero. La universalización de la seguridad social y de la enseñanza, el desarrollo rural, la red de comunicaciones y la presencia de España en foros internacionales es el gran logro del mandato socialista, por mucho que se hayan esforzado tantos y tan poderosos corsarios en demostrar lo contrario. La pacificación del «problema militar» cambió tanto que en una sola generación los militares golpistas, que eran la esencia franquista del Ejército español pasarán también a ser una memoria difusa. Es cierto que la izquierda se quedó noqueada después de tantos años de gobierno en el que se quemó toda una generación de políticos, la que había sido protagonista de la transición, y que se han quedado sin espacio en la vida pública española. Ahora la izquierda espera agazapada una nueva oportunidad, pero todavía, en España y en el mundo, se siente acomplejada por el fracaso del comunismo como si esa responsabilidad que le ha endosado la derecha fuera cierta. Si los partidos conservadores no tienen que responder por la existencia de Franco, Hitler y Musolini, no parece equitativo que la izquierda democrática asuma culpa alguna por los crímenes de Stalin. Pero el mundo siempre es más exigente con los socialistas que los conservadores. Y si no, ¿por qué tanto misterio y protección a los presidentes de las empresas privatizadas? Veinte años no es casi nada, pero empieza a ser suficiente para tratar de colocar a cada uno en su sitio de la historia.