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León

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Ha sonado a estertor colectivo el tararí informativo que ayer sacudió la jornada: Arancha se va. Abandona. Se acabó. Como dicen en Pedrún, aquí murió el Tío los Nabos, o sea, la Tía Dodotis. No más triunfos resonantes. No más decepciones. La carrera deportiva de la moza es grande y larga. Ninguna otra paisana celtíbera dedicada a esto del deporte ha estado tantos años en el campanario y con tanto brillo. Así que cundió ayer la emoción, aunque la propia Arancha amagó un lagrimón tras el comunicado exprimiéndose los ojos y nada, ni por esas le salió. Y cundió la pena enorme del mito en su ocaso. Hubo lamento general en ondas, teles y letras. Uy, qué pena más enorme. Se concluye así toda una leyenda. Y, como las buenas leyendas, la heroína de esta historia tiene también su villano que ha aparecido en el último acto y con una sola frase en el guión gritada desde la grada, ese, míralo, el que vociferó «Arancha, retírate», qué cabrón, dice la masa, pero el tipo dio la cara y se explicó después a calzón quitado ante las cámaras, y eso fue lo más jodido, pensó la plaza abarrotada, eso es muy canalla; y a la pena popular por el abandono de Arancha se añade el placer del linchamiento del monigote ese que no habrá sido la causa total de la retirada, pero sí causó efecto en la tenista. En fin, sobran ingredientes para que el caldo nacional nos salga gordo. Uy, qué pena más enorme. Se va llena de gloria, sobre pedestal, y forradísima de riñones. Ay, qué pena más grande. Morteradas de pasta tiene esparcidas por túneles suizos y archipiélagos. Andorrana de toda la vida, ella. Ay, qué patriotismo cañí. Cuántas tardes de gloria regaló al español tumbado. Y así le paga un energúmeno: Retírate, Arancha. Que sí. Que no das cancha a las que vienen pitando por detrás. Que ya has atropado bastante. No seas insaciable. Todos los ídolos del deporte echaron un día la trapa. Y les insultan a veces, la grada grita. Va en el sueldo, nena. El deporte espectáculo es así, bien lo sabes, el negocio manda. Si te ordeñan y no das leche, pues te retiran del corral y pa chuletas. Y si el vulgo en su maldad chistea que no te dejaban jugar en Wimbledon porque, al ser bajita, el conejo podía comerse la hierba, pues lo aguantas y sonríes. Es así.

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