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León

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Al balance de víctimas del petrolero Prestige, que hasta ahora se limitaba a algunas cajas de almejas, percebes, centollas y, en general, al marisco conocido por la denominación de origen «Ostras, Pedrín», llamado así por los precios que alcanza en Navidad, ha habido que añadir media docena de perdices abatidas por Fraga en los Montes de Toledo, justo cuando el buque se hundía quinientas millas al nornoroeste, contando las de tierra adentro, según el PSOE, que se apresta a poner una moción de censura. Hay mareas negras que no dejan títere con cabeza. Y tiene razón Zapatero. ¿Qué hacía don Manuel pegando tiros y comiendo perdices en la finca toledana del duque de Fernán-Núñez, que, dicho sea de paso, no tiene nada que ver con un servidor? ¿Puestos a matar, por qué no estaba ese día en la Costa da Morte para meterle directamente las perdigonadas al comodoro del Prestige? ¿Por qué el presidente de la Xunta, con fama de tener una cabeza donde cabe el Estado -o sea, como un buque- desertó de su deber, cual capón de Villalba? Estas y otras preguntas, tal vez de mayor calado, son las que van a hacerle sobre el siniestro. Pues muy bien. No se sabe aún qué argumentos alegará don Manoliño para capear el temporal, que no tiene pinta de amainar por lo menos hasta las elecciones municipales, y se dice pronto. Pudiera ser que diga «eu marché de Galicia porque allí no pintaba nada», lo que es cada día más cierto, según Rajoy. O «eu no fue quien hundió el barco y tengo testigos de dos y cuatro patas». Buena coartada. O «qué carallo iba eu a coger la pala para limpiar la playa como cuando me puse el meyba de la bomba atómica de Palomares, el reúma es el reúma». Y también tiene razón. No es mala idea la del PSOE de Zapatero pidiendo responsabilidades políticas a los próceres que, cuando se produce una tragedia en su demarcación electoral, son pillados, como dicen en el pueblo, papando la sopa boba (o perdices) o cazando gamusinos (o perdices). Qué menos que responder de los estropicios. El que rompe paga, como es ley de taberna. Lo que no es habitual es que esto se le ocurra a un político, como, por ejemplo, Zapatero. Porque, vamos a ver, macho, si tú hoy quieres descabezar al abuelo Fraga, como si fuera una quisquilla, a ver quién te garantiza también a ti que mañana no te apliquen el garrote vil cuando cierren Antibióticos, la penúltima mina o granice en las azucareras, teniendo en cuenta, a mayores, que llueve sobre mojado -y no escampa en León- desde los tiempos lejanos, según se mire, de Felipe González. En la mili, que no ha hecho Zapatero -y que le pregunten al maestro armero por qué- el sargento nos recomendaba apuntar siempre un poco por delante y hacia arriba para no marrar el tiro al enemigo inquieto e imprevisible. También el PSOE apunta estos días «por elevación» y puede terminar metiéndole la bala desde Fraga hasta el lucero del alba, siempre que el ángulo artillero sea menor de ciento ochenta grados (tiro oblicuo, mi sargento, y ojo a la retaguardia electoral, cuerpo a tierra que vienen los nuestros). Sin duda exagera el PSOE al cargar las tintas sobre el venerable presidente gallego, salvo que su presencia a pie de playa -o la del ministro de turno Fulano- hubiera bastado para conjurar la marea, los vientos y las corrientes, echándoles el mal de ojo. En esto pasa igual que con las inauguraciones, sólo que al revés. Cuando Cascos, Chaves, Pujol o el propio Fraga cortan la cinta de una autopista o de un nuevo puente quieren atribuírse todo el mérito como si ellos hubieran realizado personalmente la obra, pico y pala en mano. O cuando ponen una primera piedra pretenden hacernos creer que van a seguir cavando ellos todo recto hasta el final. Y, hombre, ni lo uno ni lo otro. En política tanto las críticas como el autobombo deberían tener algún tipo de regulación para evitar desmadres y, sobre todo, no generar falsas expectativas entre el personal, que sigue con el alma en vilo las refriegas de los partidos, mientras las playas se inundan de mierda. La solución podría ser que los políticos depositaran una fianza de su propio bolsillo cada vez que prometen tal o cual carretera (desde el Gobierno), o proponen remedios alternativos al desastre «equis» (en la oposición). Porque a toro pasado y gratis no vale. De esta forma, o hablaban menos y trabajaban más, o iban a pasarse las legislaturas pidiendo limosma. Se cede la patente al Parlamento.

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