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León

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Mónica Lavín llora con sustantivos, verbos y giros poéticos como cuando asegura que solo migas de pan median entre la orfandad del padre y la de la madre. Se queja de ya no poder ejercer como hija, pero también celebra porque sus padres vivieron una buena vida. «Ese es un bonito pensamiento, decir que vivieron. Incluso, lo que quisieron hacer y no pudieron, mi padre ser escritor, mi madre, pintora, quedó como un anhelo flotante, de manera que mi hermana es artista plástica y yo soy escritora», explica.

En el libro hay una crisis familiar. Triste, la madre queda sentada en el sillón; entonces Mónica saca en cuenta que es como la figura de un cuadro de Matisse, pero sin colores: «Mujer sobre sillón mirando la terraza». «Mi mamá sacaba las mascadas de su cajón y en lugar de ponérselas, hacía cojines preciosos. Eran cuadros de Matisse. Además, ella nos leía a mi hermana y a mi cuando éramos niñas, abríamos libros de artes y platicábamos de Matisse», revela y redondea la idea de su escritura como un cuadro del artista francés.

«Estamos hechos de amor»

Las anécdotas de las vacaciones, la alegría de la convivencia se junta con la tristeza de algún momento de baja o por el golpe sufrido por algún miembro del clan. En la catarsis, Lavín enfatiza en los detalles y deja el mensaje de que el dolor puede ser convertido en amor. «Estamos hechos de amor; nacemos por el amor de nuestros padres. Nadie te mira ni te querrá de la misma manera, son otro tipo de amores los que te rodean. Mi madre, cada artículo mío que salía en el periódico, lo leía, me hablaba y me lo comentaba. Eso ya no existe; ya no tengo la lectora devota que era mi madre», revela.

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