Diario de León

Otra versión de la Reconquista

l Juan Eslava Galán pone en tela de juicio la batalla de Covadonga en su nuevo título para escépticos

fernando prieto

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León

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La Reconquista contada para escépticos es una nueva entrega de la ya célebre serie de Juan Eslava Galán, en la que previamente aparecieron los dedicados a las dos guerras mundiales, a la revolución rusa, a la conquista de América, a la historia de España, a la del mundo y a Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. La clave de estos libros es la revisión escéptica del tema, sin rehuir los aspectos polémicos que puedan suscitar. Recordemos las discusiones que levanta, por ejemplo, la tradicional celebración de la toma de Granada por los Reyes Católicos El propio término Reconquista está en entredicho, como reconoce Eslava. Que él lo haya usado como título es significativo y en absoluto inocente. He aquí, pues, un nuevo título de una serie cuya mejor carta de presentación es el favor que le vienen otorgando sus muchos miles de lectores. Esta vez sobre una compleja etapa entreverada de guerras y de largos periodos de paz que duró casi ochocientos años, que se cerró con la unidad de los reinos peninsulares y en la que pasó de todo. Y todo nos lo cuenta Eslava Galán con el estilo marca de la casa, la personalísima combinación de erudición, humor irreverente y licencias narrativas, sabiamente dosificados, como deben dosificarse los ingredientes de un plato sabroso o de un cóctel.

El gran narrador que es Eslava Galán no desaparece en ningún momento, enganchando al lector desde la primea página. Eso es patente en el uso de recursos novelescos como las magníficas descripciones o los diálogos chispeantes con personajes imaginarios o históricos. U otros más osados como hacer viajar en el tiempo al narrador para que este se encuentre y hable con un alfaqueque (persona dedicada a redimir cautivos), o que el mismo narrador entable un diálogo con Alfonso X, con su estatua en la entrada de la Biblioteca Nacional, en el que el monarca habla de su reinado.

Un vendaval y un castillo de naipes

Todo empezó en el año 711. Los musulmanes ocuparon fácilmente una nación visigoda dividida por rivalidades y banderías. «La conquista islámica fue la correría de una horda fanatizada que invadió a sangre y fuego un país indefenso», escribe Eslava. Los moros (no hay intención peyorativa en el término, aclara el autor) ocuparon en poco más de dos años el reino visigodo; a los cristianos les llevará ocho siglos recuperarlo. ¿Cómo se explican la rapidez de la ocupación y el sometimiento de la población peninsular? Probablemente, la población campesina, pobre y abrumada de impuestos, no estaba por la labor de defender ese orden establecido. Además, la Iglesia colaboró con el invasor, pensando que respetaría su influencia y privilegios. En definitiva, un país poblado por unos cinco millones de hispanogodos se sometió sin resistencia a un ejército de menos de 40.000 invasores. La conversión al islam fue masiva; por instinto de conservación y por interés económico para mantener haciendas y privilegios. Escapar de la fiscalidad islámica (más alta para los no musulmanes), fue el gran motor de la conversión. Pero hay, además, en este punto un asunto de calado que el minucioso Eslava no pasa por alto. Y es que a esas conversiones ayudaron también las coincidencias teológicas del islam con el arrianismo tan arraigado en los godos. El cristianismo y el islam eran entonces un conjunto de creencias algo difusas, mucho menos codificados de lo que lo están hoy. El caso es que sólo el 30% de la población permaneció cristiana; y en el siglo siguiente a la conquista las sedes episcopales pasaron de cuarenta y ocho a veinte.

Covadonga y otros mitos

Covadonga es un nombre que resuena con fuerza en la historiografía tradicional. Durante el franquismo, Covadonga encarnaba el heroico origen de la Reconquista. Hace tiempo que esa idea se pone en tela de juicio, y Eslava Galán no desmiente esa revisión. Para él, como para la gran mayoría, si no la totalidad, de los historiadores actuales, Covadonga tiene más de mito o leyenda que de realidad. Probablemente recuerda una escaramuza menor entre astures e invasores «una refriega de poca importancia», que sin embargo fue magnificada por los vencedores porque de ella obtuvieron la certeza de que el moro no era invencible.

Más importante aún: el repliegue de los moros —bien a resultas de la refriega o porque despreciaran aquel terreno escarpado y poco poblado— permitió que en las montañas asturianas naciera «una balbuciente monarquía en la persona de Pelayo».

Y la línea defensiva creada fue el germen del reino asturleonés, «la primera organización política de los cristianos después de la invasión islámica». Alfonso I puso los cimientos de un reino que levantaría su nieto Alfonso II. Pero Covadonga no es el único mito de nuestra historia. Es dudoso que el apóstol Santiago fuera sepultado en la tumba descubierta en Compostela e igualmente imaginaria es la batalla de Clavijo en la que intervino el propio apóstol (de ahí el apelativo de matamoros, hoy políticamente incorrecto). Eso sí, que lo de Santiago no tenga fundamento histórico no impidió que sobre esa leyenda se construyera algo muy real: el Camino de Santiago, una ruta de peregrinación que constituyó una indiscutible fuente de progreso material y cultural.

Paralelamente a Asturias, surgieron otros núcleos cristianos: el cántabro, el de Pamplona, los condados francos que cada uno evolucionó a su manera; los condados catalanes, por ejemplo, se integraron en la Corona de Aragón. Esos reinos crecieron lentamente a la sombra del gran Estado de Córdoba que les imponía tributos (parias) y, de vez en cuando, los invadía y saqueaba.

Si en Asturias estaban los Alfonsos, en al-Ándalus estaban los Abderramanes. Abderramán I es una figura gigantesca de aquel Estado. Convirtió a al-Ándalus en emirato independiente (hasta él, dependía de los gobernantes del Norte de África), supo rodearse de funcionarios eficaces e impulsó un excelente sistema de recaudación. Pero a su muerte, sus sucesores no supieron mantener su herencia y el emirato cayó en una larga crisis de más de un siglo (de finales del s. VIII a comienzos del s. X). De ella lo sacó otro Abderramán, el III, que heredó un emirato en trance de liquidación, con anarquía y bandolerismo y sólo un escaso territorio en torno a Córdoba que obedecía al Estado. Abderramán III sometió a los rebeldes, favoreció el comercio exterior, dinamizó la economía y fundó el califato. En adelante, el gobernante de alÁndalus ya no sería un emir por debajo del califa, sino califa él mismo. Además, Abderramán III disciplinó al ejército y lanzó cuatro grandes campañas contra los cristianos.

En su momento de mayor esplendor, el califato comerciaba con el mundo islámico y con el cristiano (a través de los condados catalanes y las ciudades mercantiles italianas); el comercio mediterráneo tuvo el nivel de los mejores tiempos del imperio romano. Su saneada economía se basaba en una inteligente explotación agrícola y minera, y en una floreciente industria especializada en objetos pequeños y caros (seda, perfumes, marfiles, brocados…).

Una nutrida burocracia gestionaba la vida política y Córdoba era como una pequeña Bagdad en Occidente, con mansiones, mezquitas, fuentes, huertas, jardines, baños, hospitales, zocos… Las reformas de Abderramán III las completó Almanzor («aquella fuerza de la naturaleza»), un caudillo dictatorial sin poder oficial pero con mucho poder fáctico. En veinticinco años lanzó cincuenta y seis aceifas contra territorio cristiano, la más célebre de las cuales y la más lacerante para los cristianos fue la que destruyó Santiago de Compostela.

ensañamiento con León

Almanzor nunca fue derrotado por los cristianos. La presunta batalla de Calatañazor es otro de los mitos que salpican el largo proceso de la Reconquista. A pesar de su epitafio —«Jamás volverá a dar el mundo nadie como él»—, Almanzor no hizo grandes conquistas, sólo agregó al califato un puñado de ciudades. El objetivo de sus expediciones era económico: saqueo y botín. Su esfuerzo militar tuvo, además, dos efectos negativos para al-Ándalus: dejó extenuada a Córdoba y su ensañamiento con León hizo que este reino decayera y cediera su preeminencia a Castilla que, en adelante, tomaría la iniciativa reconquistadora. A su muerte, el califato cayó en una nueva crisis. Despertaron conflictos larvados, Córdoba quedó en manos de los rústicos beréberes y en veinte años se sucedieron diez califas. El califato que había sido martillo de herejes (infieles cristianos), y con Almanzor, martillo pilón, pasó a ser yunque. Porque, en el norte, los cristianos «progresaban adecuadamente» sin que faltaran recelos y rivalidades entre ellos.

Un erudito bienhumorado

Quien conozca los libros de Eslava Galán ya sabe que la pátina (o más que pátina) de humor que recubre sus libros no les resta ni un ápice de seriedad, de erudición y de rigor histórico. La Reconquista contada para escépticos no es una excepción. Este es un libro para aprender historia. Divertido, sí, pero didáctico. A lo largo del texto, en las notas a pie de página o en los jugosos apéndices, Eslava proporciona una abundantísima información al lector, incluso con abundantes muestras de erudición. Sea explicando el who’s who de los árabes y las tribus en que se dividían: kalbíes, qaysíes y quraysíes; enumerando las taifas o las expediciones de Almanzor; o entrando en detalles técnicos a propósito de la ballesta y sus partes, las flechas envenenadas o la importancia de la invención del estribo al permitir al jinete afirmarse sobre los pies.

¿Una Reconquista de 800 años?

Asunto central de este nuevo trabajo de Eslava Galán, patente desde su título, es —por decirlo con palabras de Ortega— si se puede llamar Reconquista a algo que dura ochocientos años. Este es un debate que no cesa. El autor pone sobre la mesa las opiniones de unos y otros. Da voz a los que se oponen al término Reconquista o lo consideran espurio, y admite que está desacreditado en determinados círculos académicos. «Casi nos convencen», dice.

Porque también están los que señalan que la idea de reconquista se manejó desde muy pronto y que «el recuerdo del despojo y de la reivindicación reconquistadora recorre toda la dilatada Edad Media», que «la idea de reconquista estuvo… viva en la Edad Media» y que este concepto nació en los siglos medievales y pertenece a su realidad. Eslava concluye dando la bienvenida a ese término que está en su libro desde el título.

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