Diario de León

Paco Umbral y León: después de 65 años

l Aunque han pasado más de seis décadas la fuerza literaria del autor madrileño se mantiene intacta

dl / sergio barrenechea

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León

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pacho rodríguez

Lo mejor de Francisco Umbral, aunque a veces sea a su pesar, es que su realidad supera a la leyenda. No es muy necesario ni recomendable dotar al relato de tintes fantásticos o increíbles, porque su vida, incluso la sobrevenida, la que no tuvo que ver con él, celebra y sufre acontecimientos de tanta enjundia suficientes como para marcar un carácter para siempre. Y en esos sucesos y vaivenes está también la clave leonesa de Umbral, que hace que esta ciudad haya sido fundamental y fundacional en su relación literaria con los medios de comunicación. Francisco Alejandro Pérez Martínez, ese era su nombre, que nació en Madrid un 11 de mayo de 1932 y falleció en Boadilla del Monte el 28 de agosto de 2007, empezó a alcanzar repercusión con sus crónicas urbanas en León. Era 1958, hace 65 años.

Ese periodo de Umbral en León, que anticipa lo que luego acaparará Madrid, apareció recogido en un libro titulado Diario de un noctámbulo, editado por Austral Planeta de libros, y que es una suerte tanto de reflexiones y análisis de personajes locales, situaciones leonesas y acontecimientos, como un ejercicio de estilo en el que el autor ya demuestra su talento de escritor, a borbotones, incontenible.

Nadie mejor que Luis Mateo Díez para avanzar la importancia de esa época leonesa de Umbral. Así, comienza diciendo Luis Mateo que «tengo un recuerdo, más o menos vagoroso, de la voz de Umbral en las ondas. Una emisora de finales de los años cincuenta y comienzo de los sesenta en una ciudad de provincias donde la precaria juventud tenía muy pocos alicientes y, sin embargo, notables intereses y curiosidades. Umbral ya había conseguido entonces, en el León de aquellos tiempos, la aureola primeriza de un personaje que escribía en la prensa y transmitía mensajes nocturnos, siempre salpicados por una murmuración lírica dirigida a la intimidad de los oyentes. La voz de Umbral era la menos previsible en aquella emisora, en cualquier emisora, dado el tono y el aliento de sus confidencias, tan literarias como particulares. De aquella lejanía puedo rastrear, ya que a Umbral le conocí personalmente bastante después, la figura del mozalbete desgarbado, aunque cuidadoso con su imagen, cierta tendencia solapada a ir por las calles de una ciudad de sombra, la contabilidad de las tabernas, de las que escribió una guía muy provechosa, y la voz, o el eco de una voz casi tan grave como su aspecto. Aquel Umbral primerizo acabó teniendo la incipiente leyenda de quien no se arredra ante la autoridad competente o, en la liviana bohemia de un escenario de poco fuelle, asume la propia condición fantasmal, no sin cierta extravagancia, y al lado de otras fantasmales figuras, a las que yo podría poner cara y gestos. La vida provinciana de una urbe provinciana ofrecía por entonces sus recovecos y, como antes anoté, sus intereses y curiosidades...», relata en un prólogo magistral el autor de libros fundamentales para la literatura y lo leonés como Las estaciones provinciales.

Y resulta igual de llamativo cerciorarse a través de Umbral de la dificultad de crecer y evolucionar que se experimenta en algunas ciudades medianas. El autor ahí se implica porque, aunque su carácter urbanita tiene en Madrid su máximo esplendor, hay que reconocer su identificación con la ciudadanía leonesa.

Hablando de Guzmán el Bueno resulta espectacular la vigencia de un texto escrito hace 65 años en el que reclama a León que tome alguna decisión sobre lo que finalmente quiera ser.

Dice Umbral: «Sabemos y alguien se ha encargado ayer mismo de re- cordárnosla y de recordársela al leonés la historia de nuestra estatua de Guzmán. Sabemos, porque salta a la vista, que el monumento, la estatua y la glorieta permanecen municipalmente desatendidos desde siempre. Se ha dicho y se ha repetido que eso no debe ser. Por Guzmán y por la ciudad, que se merecen otra cosa. Sabemos que Guzmán tuvo una vida ro- mancesca en todos los sentidos de la palabra, que fue un leonés de rasga y rompe, como don Suero de Quiñones. Sabemos... Lo que no sabremos nunca es acertar con el término medio. Nos estancamos en viejas tradiciones caducas, o por el contrario, olvidamos descortésmente a nuestro leonés más representativo en el adecentamiento de su efigie, en unirnos a la conmemoración de Tarifa, en resaltar su fecha definitiva, esta de hoy, 19 de septiembre, la de su muerte en 1309. ·Yo diría que León duda entre ser o no ser. El leonés es otro Hamlet que, puñal en mano -el puñal de Guzmán-, se pregunta si va a olvidar la historia o si con ella se va a amortajar en vida. León no sabe si ser o no ser una ciudad histórica, tradicional, conservadora. Si ser o no ser una ciudad moderna, progresiva, funcional. Cuando no por lo uno, peca por León no sabe lo que quiere. Y Guzmán tremenda fotografía en hierro, madera y piedra que le hizo la posteridad tampoco nos va a sacar de dudas». Es curioso leerlo después de 65 años y encontrarse un panorama reconocible, como si fuera más que resignarse a él, disfrutarlo como una condición. Carácter leonés...

Umbral encuentra filones tremendos para sumergirse en la idiosincrasia leonesa. Así añade bajo el título de La alta noche de Luna textos imperdibles: «Con sueños y con versos por la alta noche gótica, partimos ayer de la plaza de San Isidoro, hacia el mundo...»; «Plaza de Santo Martino, Puerta del Castillo, Serranos, pla za del Vizconde, calles de Santa Marina y Guzmán el Bueno... Alto ahí. En el rincón de las Descalzas, encajonado, acorralado el toro de la expectación, quieta y atenta la muchedumbre, prosas y versos de Maite Muñoz y Victoriano Crémer...»; «Donde el aire peligra de belleza, decían los versos limpísimos de Antonio Gamoneda...».

Era la forma de Umbral de dejar una huella a la que luego nunca aludió en demasía. Pero fueron los años del noctámbulo que, por cierto, se ve que también buscaba noctámbulos: «Buenas noches, noctámbulo, amigo de la luna bohemia y luciferino, interlocutor de serenos locuaces y farolas pensativas, buenas noches.Quiero saludarte hoy porque vas siendo ya un poco el último noctámbulo, emparentado con esa raza a extinguir de ‘últimos’, raza melancólica y malparada. Y tienes, por lo tanto, algo del último romántico, del último bohemio y hasta del último mohicano. Qué tiempos aquellos, noctámbulo, tú los recuerdas porque los viviste, y yo también los recuerdo, sin haberlos vivido, en que toda Europa trasnochaba...». Buenas noches, Umbral.

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