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León

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c Luis Carlos Arias Blanco escribe de los ‘guetos para perros’: «Los ciudadanos cada día estamos más asombrados de ciertas actuaciones municipales. Hasta ahora todos entendíamos que con el dinero público siempre se buscaba el bien común, el beneficio de la mayoría de los parroquianos y no la satisfacción, ni la megalomanía, o el capricho de unos pocos. En el barrio de La Palomera ya existe una zona habilitada y de uso exclusivo para los perros. Ahora se ha cerrado otra zona verde, a escasos metros de distancia, para que una cuadrilla de usuarios disfrute viendo a sus mascotas confinadas como si fueran bestias apestosas. Dentro de poco otras mascotas alzarán su protesta para reclamar su espacio y entonces el barrio se convertirá en el parque temático de la fauna doméstica. Algunos no se enteran o no miden sus actuaciones creando espacios cerrados como si al hacerlo persiguieran simular el hábitat de cada uno de ellos. Los perros, como animales que son, aunque algunos les quieran elevar a la categoría de humanos, necesitan un espacio vital acorde con sus necesidades. No un recinto cerrado, recordando a los infames guetos. Los animales y sus dueños harían bien en caminar y salir a campo abierto para estirar las piernas que luego les tocará estar encerrados en sus respectivos domicilios. ¿No hay cosas más importantes que dilapidar el dinero de todos los contribuyentes en estas absurdas obras, pues a buen seguro que el peculio no sale de los bolsillos de los que han llevado a cabo tal actuación? Tengan en cuenta que la mayoría de los dueños de los perros rehúsan utilizar esos espacios cerrados, ¿los motivos? Según ellos es preferible utilizar el espacio natural que tenemos muy cerca de la ciudad acompañados en todo momento de sus mascotas. Y, si por el camino se encuentran con otros congéneres, nunca está de más darse un cariñoso recibimiento, si procede. Siempre que pasamos por ese espacio verde amurallado descubrimos la soledad del perro allí encerrado que solo busca con la mirada la salida de su encierro. Y otros, de su mismo pelaje, a escasos metros del vallado sin decidirse a cruzar la puerta para sucumbir al encierro. Ellos corretean libres por otros parajes haciendo patente su dominio como si estuvieran en terreno conquistado. Defecando y orinando con la mayor tranquilidad y sin el menor escrúpulo por parte de sus amos que miran al tendido por si vislumbran la mirada esquiva de algún transeúnte o la presencia sancionadora que nunca se hace visible, pues por ciertos lugares rehúsan pasar o lo tienen prohibido. Este cerramiento de un espacio verde se asemeja a un campo de concentración, a un gueto. Representa un atentado contra el medio ambiente, contra la estética y un despilfarro mayúsculo. Si se sigue con estos derroteros, dentro de poco se habilitarán más espacios para otros especímenes que también les gusta hozar por el campo, y qué bien les vendrían para destrozar de paso otro espacio verde. Que se dé una vuelta por aquí y compruebe el estado habilitado anteriormente para los perros: que pasó de ser una zona verde a un auténtico lodazal. Si los perros estuvieran bien educados y sus dueños bien adiestrados bajo el peso de las multas, la convivencia sería posible y sobrarían esos infames guetos. También es posible que se busque otra finalidad, aparte del derroche y la ostentación: Que se empieza encerrando a los perros y a sus dueños, y luego venimos el resto».

¿Acierta el Gobierno con

las fórmulas elegidas para legislar las necesidades

de las personas ‘trans’?

SÍ 8%

NO 92%

Cree que influirá en el voto la hiperactividad actual de obras en los grandes municipios

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