Diario de León

La voz de heroínas anónimas de Babia

La última generación de mujeres rurales. Regina, María, Licinia y Pepa son las protagonistas del documental ‘Ecos de la memoria’ de la joven realizadora leonesa Elisa García Álvarez. Babianas de diferentes orígenes cuyas historias ha inmortalizado escuchando sus voces después de «años y años de silencio».

Elisa García Álvarez y Licinia, en Peñalba de los Cilleros este verano. GAITERO

Elisa García Álvarez y Licinia, en Peñalba de los Cilleros este verano. GAITERO

León

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Una mujer mayor, bajita, vestida de negro y con una amplia sonrisa en la cara se sienta a la puerta de casa mientras una joven, que toma café con la familia tras comer en el restaurante de La Cueta de Babia, la observa ensimismada. «Parecía una meditación, casi espiritual». Regina, ya nonagenaria, comenta a Elisa, una joven en la veintena, que está esperando a su amiga. Al cabo de un rato, llega otra mujer apoyada sobre sus bastones y las dos amigas emprenden el paseo diario por el pueblo más alto de León.

Este momento fue el detonante del documental Ecos de la memoria . Regina, de La Cueta, Licinia, de Peñalba de los Cilleros, María, asturiana afincada en Piedrafita y Pepa, la hermana de Licinia, que se incorpora al final, son las cuatro protagonistas de esta cinta que la leonesa de raíces babianas Elisa García Álvarez ha dirigido con la ayuda de su tío Ricardo Álvarez, el cineasta de la familia,

Son más de las que están, pero las que están, representan «a toda una generación; la generación del trabajo duro, de la lucha por la supervivencia diaria, de los cuerpos y mentes torturados por el paso del tiempo», explica la autora de ‘ Ecos de la Memoria ’.

Elisa García Álvarez, graduada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos, entrevistó a un puñado de mujeres mayores babianas con la idea de servir de altavoz a sus vivencias y de que en el futuro no se olvide cómo salieron adelante. Generacionalmente, son las niñas de la Guerra Civil.

Regina, María, Licinia y Pepa. son cuatro «heroínas anónimas de la vida cotidiana» cuyo testimonio «defiende la dignidad de todas ellas, que muestran con orgullo (o con satisfacción, como dice Licinia) lo que han conseguido y su inmenso esfuerzo por lograrlo, frente a una sociedad como la actual en la que todo avanza de manera convulsa».

La joven realizadora apuntó su vinculación con Babia —es nieta del filólogo Guzmán Álvarez— y la fascinación que siente desde niña por las personas mayores como motores de Ecos de la Memoria . El detonante fue el deseo de grabar la escena que contempló, hace tres años, en la sobremesa tras una comida familiar en La Cueta de Babia, en el restaurante de la familia de Regina.

El propósito
«Quise ofrecer un altavoz para que estas mujeres sean escuchadas después de largos años de silencio»

La «mujeres son una parte fundamental en mi universo creativa; me inspiro en ellas cada día, en su esfuerzo y en su lucha por mantenerse en un mundo liderado inherentemente por hombres», apunta.

Las voces de Regina, María y Licinia hablan de un mundo que ya no existe. La guerra, los trabajos cuando de niñas las mandaban al monte a cuidar el ganado, la aceptación del mundo que les tocó vivir, la muerte y cómo afrontaron desdichas y los cambios del siglo XX marcan las diferentes conversaciones del documental.

«Nunca tuve miedo a nada y mira que anduve sola por el monte», dice María, asturiana que se casó con un minero y vivió el resto de su vida en Piedrafita de Babia. María se reivindica como la precursora de la recogida de setas en Babia y repasa sin tapujos una vida de casada marcada por el alcoholismo del marido.

Regina fue madre soltera aunque tuvo ocasión de casarse «hasta con un maestro». Recuerda los tiempos de la guerra en los que la familia huyó de La Cueta a otro pueblo de Babia y «cuando volvimos, no había nada más que la casa».

Licinia nació en Villaseca de Laciana y fue a vivir con cuatro años a Peñalba de los Cilleros «porque allí no había donde sembrar». Eran los tiempos de la guerra. Se casó con Valiente y tuvieron varios hijos que pudieron estudiar gracias a sus esfuerzos en la labranza y en su negocio de tienda, cantina y hasta sala de fiestas en la casa que levantaron y a la que llegaron tan solo con una cama, una mesa y una silla la noche de bodas. «Al día siguiente había que comer, dice la mujer. Ella estaba detrás del mostrador y de la barra, a Valiente «se le daba mejor estar del otro lado». «Orgullosa no, satisfecha», responde Licinia cuando la realizadora le pide hacer balance de su vida.

El contrapunto a una vida difícil pero aceptada y bien llevada lo pone Pepa, su hermana, que no acaba de reponerse de una larga depresión. La devastación de la enfermedad se refleja entre silencios que acongojan cuando afirma Pepa: «No sé vivir».

Como si fuera un filandón virtual, cada una hablando desde su casa, las cuatro ancianas abren las puertas de su cocina y su intimidad ante la joven. Ni las preguntas ni la cámara hacen su voz artificiosa. Tres de las cuatro protagonistas de Ecos de la Memoria han fallecido desde que en 2019, Elisa García Álvarez, con Ricardo Álvarez a la cámara, grabó las entrevistas. Licinia sigue en Peñalba de los Cilleros, orgullosa, sin decirlo, de haber prestado su vida para la posteridad. Goza de una gracia serena y de una memoria prodigiosa.

El tiempo apremia y es necesario rescatar más ecos de la memoria, especialmente entre las mujeres cuyas voces, haceres y saberes han quedado ocultas tras las historias siempre urgentes de los hombres.

Elisa García Álvarez se graduó en Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos con este documental, pero más allá de la academia ha sido una experiencia personal «renovadora y enriquecedora». Ecos de la Memoria condensa en 45 minutos varias horas de grabación y entrevistas y ofrece un crisol de «historias cercanas con las que identificarnos». La directora reivindica la belleza de la cotidianidad y el costumbrismo, de la sencillez y la simpleza frente a un panorama audiovisual en el que «estamos acostumbrados a ver grandes historias y grandes hazañas». «De ahí mi afán en contar historias de mujeres trabajadoras que, simplemente con su esfuerzo y su constancia, han llegado a convertirse en heroínas para las generaciones futuras», concluye.

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