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León

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josé enrique martínez

Fernando Valverde (Granada, 1980) reunió su obra lírica hace unos años con el título Poesía (1997-2017). Escribía en el prólogo que la poesía era el puente que unía las dos orillas, la de lo real y la de lo extraordinario. Asombro y emoción eran palabras que si en un primer momento tenían que ver con el «dolor por la pérdida de un mundo irrecuperable, el de la infancia», esa herida de la pérdida, cicatrizada acaso, se abriría después a la solidaridad con la herida del mundo, «del sufrimiento que nos iguala», algo palpable en títulos como La insistencia del daño (2014) y Desgracia (2022) y de modo aún más acuciante en el nuevo poemario, Los hombres que mataron a mi madre. Aquí la herida está abierta y sangra; el sufrimiento y la muerte de la madre, con el recuerdo y la congoja consiguientes a flor de piel o de palabra, dan pábulo a estos poemas en los que «mi madre» es también «nuestra madre», la mujer que, a medida que vaya creciendo ira aprendiendo las palabras que, como piedras, caerán sobre ella, niña, mujer, virgen, culpable, ramera…: «Los hombres a su lado / lanzaban las palabras contra ti»; es un mundo regido por hombres, serpientes, lobos que «mataron la inocencia que había en su mirada». Palabras como vacío, soledad, desesperanza, desdicha, desgracia, llanto, miedo, angustia… llueven sobre la propia madre a la que habla el poeta «ahora que estás muerta».

Un recuerdo trágico se evoca en dos poemas, breve uno, Madre grita en silencio desde el baño, y otro con mayor desarrollo, Madre entrega su cuerpo a los mercaderes: ambos aluden a lo que sin duda fue una tragedia familiar, la muerte de la madre, «derribada en el baño luchando por su vida». Y el poeta rememora el episodio, aquel cuerpo destrozado a cuyos últimos latidos asistió y que ahora poetiza «con el dolor rompiendo mis poemas», los poemas todos de este libro cuyas vibraciones emotivas llegan al lector con una intensidad raramente percibida en la poesía de hoy. Ocurre que los poemas de Valverde se escriben desde la agitación interior que supone la muerte de la madre (de todas las madres), desde esa herida del alma que el poeta quisiera cerrar olvidando («olvidar tu muerte / salir a caminar sin encontrarte»). Nos hallamos, pues, ante una poesía movida por un fuerte viento emotivo empujado, pensamos, por una experiencia personal cuya huella es imborrable y cuya fuerza dramática se transmite al lector sin perder un ápice de intensidad.

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