Kevin de la Torre, el último hombre bala en España

El lanzamiento del 'hombre bala'. dl

Publicado por
José Antonio Guerrero (Colpisa)
Madrid

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De padre español y madre italiana, Kevin de la Torre Fornaciari es el último hombre bala en España. Kevin Dola, su nombre artístico, es también uno de los cuatro virtuosos que realizan este arriesgado número en los circos de Europa, él bajo la carpa del Coliseo, propiedad de su familia. Nacido en Almería hace 28 años, lleva ocho saliendo disparado de un cañón construido por un relojero suizo en 1954 y que heredó de la familia Muñoz, una saga estadounidense de hombres bala que llevan décadas protagonizando el número estrella de las pistas.

Uno de los Muñoz trabajó en el Coliseo y al retirarse le propuso tomar el relevo a un jovencito Kevin, que hasta ese momento ejercía de maestro de ceremonias. «Estuve un año preparándome antes de mi primer salto oficial», recuerda.

En ese tiempo, y como sigue haciendo ahora, tuvo que fortalecer los músculos de las piernas, que son las que recibirán el primer impulso para emerger del fondo del cañón, recorrer los ocho metros de longitud del tubo y salir propulsado a 90 kilómetros por hora antes de caer sobre una red situada a más de 25 metros de distancia. Son solo dos o tres segundos suspendido en el aire, «¡pero son los mejores dos o tres segundos de la vida!», exclama.

Kevin domina una peligrosa técnica que sólo él en España ejecuta con una precisión que ha de ser milimétrica para evitar estamparse contra el suelo. «Nos elevamos a once metros de altura, cualquier caída te pasa factura», dice sobre el oficio.

Cuenta atrás

Diez, nueve, ocho... cuando empieza la cuenta atrás y una vez dentro del artilugio, Kevin, enfundado en su mono de Capitán América, se pone «rígido» para soportar el impacto que llevará a su cuerpo de 0 a 90 kilómetros por hora en tan solo milésimas de segundo. «Coges aire y mantienes la presión para que los órganos estén contraídos y aguanten el golpe».

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Entonces, tras el redoble de tambores, se escucha el ‘boom’ y el público contempla cómo nuestro hombre bala sale disparado por la boca del aparato. Dice que esos segundos son «la libertad total». «El mundo se para y vas viendo al público en silencio y a los niños mirándote asombrados. Es un vuelo efímero pero parece una eternidad».