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Írundina Martínez cumple cien años: «No he tenido ningún vicio»
«No sé ni cómo estamos vivas», asegura cuando recuerda el trance de sus partos en los años 50

Irundina Martínez. dl
Irundina Martínez Fernández (Santibáñez de la Isla, 11-I-1925) cumplió ayer cien años, y sus familiares y amigos lo celebraron por todo lo alto. Porque aunque cada vez es más común en España alcanzar los tres dígitos, todavía el club de los centenarios en la provincia de León se reduce a unos trescientos.
Irundina ha vivido y ha sido testigo de todos los avatares posibles en estos cien últimos años, que dice que han pasado como una exhalación. Ha pasado por una dictadura (de Miguel Primo de Rivera), una «dictablanda» (de Dámaso Berenguer), una monarquía (la de Alfonso XIII), una república (II República Española), una guerra civil (La Guerra Civil Española— 1936-1939), una dictadura militar (la de Franco) y una monarquía parlamentaria (la del actual Reino de España), o sea, que su experiencia de vida da para un curso entero de Historia Contemporánea de España. Y si tienes tiempo para ese curso te lo imparte con todo lujo de detalles porque su memoria y cerebro funciona como un ordenador de Inteligencia Artificial.
Su vida es un paradigma de la vida de los españoles (y sobre todo de las españolas) de estos últimos cien años, pasando de vivir sin luz ni agua corriente y de no poder moverse más que a pie, a caballo o en carro de bueyes o mulas, a haber viajando por medio mundo y haber disfrutado de todos los adelantos y comodidades que han llegado a España en estos largos cien años.
Cuando se le pregunta a qué cree que se debe su longevidad dice que a haberse sabido administrar y huir de los vicios. Nunca ha bebido vino, solo dice que a veces los mozos cuando eran jóvenes querían engañar a las mozas tratando que bebieran vino diciéndoles: «sopa en vino no emborracha, pero alegra la muchacha», pero ella no picó, ni coca-cola, ni cerveza ni ningún otro licor; el agua, la del caño, artesiana; las verduras y las frutas, las de su huerta; el pan, el de su trigo, el molino y su horno; la carne, la de los animales que en casa habían criado y cebado. Ha hecho siempre su comida para ella y para su familia, cosa que todavía sigue haciendo.
A esto se ha unido su confianza en Dios y el hecho de ser creyente y católica practicante. En casa de sus padres rezaban el Rosario todos los días. Cree que la Virgen María, su protectora, le ha ayudado toda su vida.
Ha sido tan afortunada que no ha tenido enfermedades graves en todos estos años. Solo recuerda con pavor sus partos. Y cuando le explica el trance de los partos en los años ´50 del siglo pasado a una de sus nietas obstetra, siempre termina diciendo: «No sé cómo estamos vivas».