Antonio Aretxabala: "El hormigón tiene obsolescencia programada"

El geólogo habla este jueves sobre el impacto de este material en la Fundacción Sierra Pambley de León dentro del ciclo Crisis Ecosocial y Decrecimiento

Antonio Aretxabala.DL

León

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El hormigón armado, el producto tecnológico más extendido del planeta, es otro de los elementos que plantea desafíos ante el escenario de decrecimiento de los combustibles fósiles. Antonio Aretxabala desgrana este jueves el impacto de este material constructivo que en apenas un siglo de existencia equivale a «casi el peso de la materia viva del planeta». 

Este geólogo especializado en geotecnia, hidrogeología y geofísica, interviene en el segundo ciclo sobre Crisis Ecosocial y Decrecimiento con la ponencia «Nuestras infraestructuras después de la gran aceleración. Energía y mantenimiento» (19.00 h. Fundación Sierra Pambley). 

«Tres cuartas partes de la humanidad estamos debajo de una estructura de hormigón armado», un material, apunta, que «nació con los combustibles fósiles y requiere mucha energía para su mantenimiento». Mientras que la vida en el planeta se regenera a sí misma, «el hormigón armado, no», puntualiza. 

«Poco a poco va perdiendo efectividad y se deteriora». Este material, elemento central de la «gran acelaración económica» tras la II Guerra Mundial, «se pensó como producto de usar y tirar, como una maquinilla de afeitar». 

Ni siquiera Le Corbusier, uno de los arquitectos icónicos del Movimiento Moderno y teóricos de este material, reparó en la durabilidad ante un escenario sin o con pocos combustibles fósiles. Una de las soluciones que se plantea ante este escenario son los biohormigones, un material que imita a la vida a base de pequeñas bacterias extremófilas que viven dentro y cuya digestión serviría para su reparación al producir carbonato cálcico. 

Estos materiales orgánicos «están en proceso de experimentación, se empezó en 2016 en los Países Bajos», apunta Aretxabala. Puentes obsoletos, problemas de mantenimiento son algunas de las consecuencias que se derivan de este material de usar y tirar. Es un problema mundial, aunque en España es menos acuciante por el momento. «Las infraestructuras son más nuevas y de mejor calidad porque se articularon leyes constructivas», explica.

La expansión del hormigón se produce en España a partir de los años 60 con la construcción de puentes, conducciones, tuberías y presas y la mitad del parque inmobiliario español es del 2008 en adelante. 

En todos los elementos del bienestar «el elemento central es el hormigón armado y tiene obsolescencia programada».

Sus precios están al alza y esto tiene que ver con la menor eficiencia en la obtención de petróleo, que está en una media de 6-8 barriles por barril invertido frente a los 15 de hace pocos años y los 100 que se llegaban a obtener en los tiempos más álgidos. 

Antonio Aretxabala señala que la sociedad y los gobernantes tienen que tomar conciencia de que «con la energía, no va a suceder un milagro que nos solucione la vida». «Tenemos que adaptar nuestra forma de vida y mirar a nuestras raíces», subraya.

 El geólogo confía que con un mix energético menos potente «podemos seguir teniendo niveles de vida altos, pero cambiando cosas», añade. Solo así, podremos «adaptarnos a la nueva arquitectura social».

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Defender este discurso tiene un precio. «Me llaman apocalíptico, porque se tiene la idea de que si no crecemos hay pobreza, pero hemos socavado las bases que permiten ese crecimiento». El geólogo señala que el crecimiento económico exponencial es «muy reciente», de apenas hace cien años y ahora hay que replantearse la forma de ajustarse a las consecuencias que se derivan de su caducidad.

«No va a haber un milagro de la energía que nos va a solucionar la vida. Hay que adaptar la forma de vivir»

"Se están estudiando los biohormigones. Se empezó en Países Bajos en 2016 y están en experimentación"