El racismo cotidiano somete aún al pueblo gitano en españa

Mural dedicado al pueblo gitano en la orilla del río Bernesga a la altura del puente de San Marcos.Secundino Pérez

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Agencias
Madrid

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Cuando van a un centro comercial, una tienda o un supermercado, tienen a los vigilantes pisándoles los talones. «La experiencia típica es que nos pidan que enseñemos el bolso», dice Carmen, que vive en Sant Adrià de Besòs (Cataluña). «Fui a un centro comercial con mi nieta y el guardia de seguridad nos siguió todo el tiempo. Mi nieta me preguntó: —¿Por qué nos sigue ese hombre? —Para protegernos, mira qué seguras estamos, ahora nadie nos va a robar el bolso —le respondí yo en voz alta. Porque no quiero que sepa por qué nos siguen».

En el colegio se presentan casos como el que narra Alberto, padre de cuatro niñas en Barcelona: «Mi hija y otras tres niñas, todas gitanas, tuvieron un problema con otras 14 niñas. Se metían con ellas, jugaban a un juego: cuando ellas tocaban algo, como los lápices o la mesa, gritaban: ‘¡desinfección, desinfección!’, como si estuviera contaminado. Acudimos a la directora tres veces, y no le dio mucha importancia: Son cosas de chicas, dijo». Un tercer testimonio, recabado por investigadores de la Universidad Pompeu Fabra, apunta al ámbito laboral: «Mira, si tú y yo solicitamos el mismo trabajo, con el mismo currículo, sé que te elegirán a ti. ¿Y por qué? Porque siempre que mencionan a los gitanos en la televisión, dicen: ‘hay un tiroteo entre dos clanes gitanos...’ y la gente nos tiene miedo. Y luego reciben mi CV y lo tiran directamente a la basura».

Son ejemplos de las «discriminaciones cotidianas, sutiles y normalizadas afectan las posibilidades de las personas gitanas de recibir un trato igualitario y, en última instancia, de disfrutar de sus derechos como ciudadanos», que pone de manifiesto el artículo ‘Antigitanismo cotidiano y discriminación estructural: cómo la normalización del racismo condiciona la exclusión social’, que publicará el monográfico Migraciones en septiembre, coincidiendo con la celebración de los 600 años de los gitanos a la Península. El denominado «antigitanismo cotidiano» está «profundamente arraigado y normalizado", tanto por las personas gitanas como por las no-gitanas, según los investigadores.

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