Río-frontera.David Campos. 2025.

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Alberto Flecha

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Un río es una frontera. Lo es desde antes del Antropoceno; el agua siempre busca su hueco, abre espacios, corta rocas y arrastra materiales. Es un cincel que corta el paisaje. El río no pide permiso para dividir; simplemente obedece a la gravedad y a la debilidad de la piedra. En su curso, el agua dicta una sentencia de aislamiento: lo que queda a la izquierda ya no pertenece a lo que queda a la derecha. Es la primera aduana de la historia, una que no requiere soldados, sino profundidad y corriente.

Pero el río no solo arrastra materiales; también se lleva posibilidades. Mientras en una orilla la erosión limpia y pule el sustrato, en la otra se acumula el aluvión: el resto, lo que sobra, la materia orgánica en descomposición. Y el cascajo que nadie reclama. Es una segregación que obedece a la naturaleza; antes de la llegada de las gentes, ya se estableció un sistema de castas, una orilla que mira y otra que es mirada, una orilla que recibe la avenida y otra que se asienta sobre los materiales acumulados.

Desde mi casa se oye el rugir de un río que también es una frontera. Es un rumor lejano, pero amenazante, un rumor que se hace más nítido en la noche. Lleva días lloviendo y al salir veo a un joven revolviendo en un contenedor. Apenas se observa su cara negra bajo la capucha, nada más sus ojos blancos que se paran un instante al cruzarse con los míos, como si no esperara encontrarse a nadie esta madrugada. Después desaparece asustado entre la oscuridad y la lluvia.

El río Bernesga también es una frontera a su paso por la capital. A este lado de la corriente, lleva depositándose durante un siglo el sedimento. No es una elección de quienes habitan esta orilla, más bien parece una fatalidad de la topografía. Gentes de aluvión: del campo primero, después de más allá de la mar. Son los náufragos de mareas cada vez más amplias, derivas continentales, una tectónica de placas cada vez más inabarcable. La ciudad, en su soberbia de asfalto y granito, pretende ignorar este proceso. Dibuja puentes para fingir una unidad que la geología social desmiente en cada esquina. Pero el mapa no engaña: el río sigue siendo el instrumento que define dónde se permite la luz y dónde se acumula la sombra. Mientras el centro se pule bajo un barniz de turismo y de consumo, en esta orilla seguimos recibiendo el impacto de las avenidas, tanto las de agua como las de la historia.

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