Ángel Viñas: «Mis hallazgos sobre la conspiración internacional en el golpe de 1936 son imbatibles»
El economista, historiador y diplomático experto en la Guerra Civil Ángel Viñas (Madrid. 1941) visita estos días la provincia, a través de sus amistades en Villafranca del Bierzo, donde asistió a la inauguración de la exposición de Teresa Gancedo en el palacio de Cangas-Torquemada.

Ángel Viñas durante la presentación del libro 'La diplomacia al servicio de la democracia'.
—Se han cumplido nueve décadas del 18 de julio de 1936, ¿cree que el aniversario se ha recordado de forma adecuada?
—Yo no vivo en España, pero he procurado contribuir al recuerdo con la dirección de un libro colectivo —junto a una docena de colegas— en el que analizamos cómo se vivió el estallido del golpe en las embajadas españolas en el exterior y el papel de las potencias extranjeras. La Guerra Civil sigue siendo un asunto complejo. Por un lado, por el sufrimiento de la población a ambos lados; por otro, porque la dictadura franquista perpetuó e intensificó esos dolores mediante una represión continuada. Aún hoy hay sectores que no han condenado ese golpe de Estado y siguen aferrados a viejos mitos.
—Usted ha puesto siempre mucho foco en el vector internacional. ¿Fue la contienda un producto puramente interno o pesó más la injerencia exterior?
—La Guerra Civil fue esencialmente una guerra entre hermanos, entre ciudadanos del mismo territorio. Sin embargo, no se puede entender sin el factor internacional. Durante décadas, el franquismo justificó la sublevación asegurando que buscaba frenar una inminente «revolución roja» impulsada por la Unión Soviética, algo que la investigación histórica ha desmentido: en la primavera de 1936 la izquierda no estaba preparada para nada. Quienes promovieron el golpe fueron las derechas españolas con el respaldo decidido de la Italia fascista.
—¿Qué papel jugó Benito Mussolini en la preparación del golpe de Estado?
—Un papel fundamental y muy meditado. A Mussolini le sentó muy mal el advenimiento de la Segunda República en 1931 y buscó contrarrestar la influencia de la Francia republicana en el Mediterráneo occidental. Los contactos de los monárquicos alfonsinos y carlistas con Roma empezaron ya en 1932 y se formalizaron en acuerdos desde 1934. La guerra de Abisinia, de 1935, le distrajo un poco, pero los contactos con los monárquicos españoles siguieron. Estoy tratando de recuperar todos esos progresos en la cooperación mutua española e italiana, por parte de los los monárquicos y los militares españoles con nueva documentación en mi blog.
«Los contratos firmados el 1 de julio de 1936 con la Italia fascista por un conspirador monárquico están en la calle Alcalá»
—¿Qué documentos acreditan esta tesis?
—Esta ha sido mi aportación más importante porque otros historiadores, como Paul Preston, Morten Heiberg o Eduardo González Calleja, ya habían abonado el terreno sobre el apoyo de la Italia fascista a la conspiración. Localicé en la FUE (Fundación Universitaria Española) cuatro contratos firmados el 1 de julio de 1936 por el conspirador monárquico Pedro Sáenz Rodríguez, un hombre leal a Alfonso XIII, con una empresa italiana. Los guardó en su colección de papeles y están, en la calle Alcalá. En ellos se estipulaba el envío inmediato de aviones de caza, bombardeo, transporte y enormes cantidades de munición que debían entregarse antes de que terminara ese mismo mes. Eso demuestra que la conspiración militar estaba completamente imbricada con la política de Mussolini antes de que saltara el golpe. Esta prueba es imbatible.
—¿Hitler no tuvo nada que ver aunque luego apoyara a Franco?
—Hitler interviene pero no participa en la conspiración inicial. Cuando dije esto por primera vez, en mi libro «La Alemania nazi del 18 de julio» el régimen quedó encantado. Yo no soy fascista, no soy de derechas y no lo oculto. Me guío por los documentos.
—¿Qué motivó a Hitler a intervenir según usted?
—No sabemos lo que pasó por la mente de Hitler. Eso no está escrito. Pero en uno de los capítulos. El antisemitismo. Porque Hitler había llegado a la conclusión a través de Göbbels de que los pérfidos judíos estaban detrás de la República y eran los responsables de los crímenes que se habían cometido en la en la zona republicana. No es la única motivación, pero no es desdeñable.
—Este es un tema que no se ha tocado. ¿Cómo lo desentraña usted?
—Nadie había estudiado los discursos de Hitler desde el punto de vista de la Guerra Civil española. En su cosmología, él metió la raíz antisemita. Los diarios de Göbbels y una serie de cosas más son elocuentes.
—A propósito del libro ‘Al servicio de la democracia: Los diplomáticos de la República y la factura de la lealtad’. ¿Qué papel tuvo el leonés Pablo de Azcárate en Londres?
—Pablo de Azcárate fue el segundo embajador de la República en Londres, el puesto diplomático más importante para España. Había estado de secretario general adjunto en Naciones Unidas y tenía buenos contactos con el ministro de Asuntos Exteriores británico, sir Anthony Eden. Pero llegó en un momento en que Londres ya se había decantado a favor de Franco. El primer embajador de la guerra fue Julio López Olivar y se comportó como un auténtico francotirador para la República durante un mes y en Madrid no hubo sospechas. Tomó sus cartas credenciales el 14 de julio de 1936 en el palacio de Buckingham y lo primero que hace tras el golpe es hablar con Eden y decirle que la República está en manos rojas, lo que incita a la animosidad creciente del Gobierno británico contra la República, al temer una revolución de corte bolchevique que pusiera en peligro sus inversiones en España y el paso de barcos a Gibraltar. Olivar hizo gestiones para que no se enviaran aviones a España.

-El historiador español Ángel Viñas en una foto de archivo.
—Otro de los grandes mitos que usted desentrañó fue el del «Oro de Moscú». ¿Por qué cuesta tanto desmantelar la idea de que Rusia «nos lo quitó»?
—Porque un mito es una creencia inmutable a la que cierta derecha sigue amarrada por razones ideológicas. La realidad documental es muy clara: las reservas de oro del Banco de España no se regalaron. De los aproximadamente 600 millones de dólares de la época, solo un tercio (unos 200 millones) se destinó a la compra de armas. El resto de la contrapartida, junto con los envíos a Francia (un 25% en la primera fase hasta octubre del 36), se utilizó para financiar el comercio de importación y adquirir alimentos y suministros básicos para una población desabastecida por la contienda. La República necesitaba divisas.
—¿Cuál fue el papel de Rusia?
—Rusia producía oro en las minas de Siberia, pero tenía un patrón que no era acorde con las equivalencias occidentales. Cuando el gobierno de la República se amplía a todo el Frente Popular, Largo Caballero y Negrín deciden tomar medidas drásticas y sacar el oro de España ante la idea que flotaba en el ambiente de que los anarquistas querían asaltar el Banco de España. Primero lo sacan de Madrid a los polvorines de la Almeca, cerca de Cartagena. Desde ahí se traslada a Rusia, que convierte en lingotes un oro que era sobre todo en monedas y luego lo vende en Londres. Se habla del oro de Moscú y no del oro de Francia, igual que tampoco se habla del oro negro —el petróleo— que Estados Unidos vendió a Franco.
—En sus libros combate estas ideas preconcebidas con investigaciones minuciosas de cientos de páginas. ¿Qué busca transmitir a la sociedad y a sus colegas?
—Yo no escribo para hacer bestsellers, sino para recuperar una historia que no se conoce. Escribo principalmente para mis colegas porque considero que la historia es una ciencia en construcción; no existen historiadores ni versiones definitivas. Cada generación reinterpreta el pasado, pero hay explicaciones que son disparates sin base empírica, como que empezó con la revolución del 34. La historia la hacen los hombres con sus actos, decisiones y documentos, no las predestinaciones ni los mitos. Es un proceso en construcción.
—A día de hoy las dos Españas siguen vivas y en polémica. ¿Esto tiene cura?
—Sobre la división de los españoles lo que me choca es que todavía se siga creyendo en los orígines míticos de la Guerra Civil.
—¿El objetivo de la conspiración era una dictadura?
—No, era la restauración de la monarquía.
—¿Incluso por parte de los fascistas?
—La cosa fascista estaba un poco oculta. El objetivo era la restauración de la monarquía. Esto la derecha ya empieza a entenderlo. No se sabía todavía si en la figura de Alfonso XIII o de su hijo don Juan de Borbón, al cabo de un cierto periodo en el cual el regente o el jefe del Estado Ad interim hubiera sido el general Sanjurjo (víctima de un accidente de avión), que estaba al frente de la conspiración militar, con un presidente del gobierno que habría sido José Calvo Sotelo (asesinado el 12 de julio). El papel de Franco era sublevarse en Canarias y ponerse al frente de las tropas del Ejército de África en Marruecos.