El lobo y el frío. Araceli: 105 años y aún con manos de señorita

La Cepeda celebra la subida al parnaso de los centenarios de Araceli Martínez y los 90 de Leonor García

Araceli Martínez, y Leonor García.DL

León

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«Ese día cogí la merienda, un cacho de pan y tocino. Eran las nueve de la mañana y me fui con las cabras y las ovejas. Llegué a las nueve de la noche. Tenía 8 años. ¡Qué cosas hacían antes los padres a los hijos!» Araceli ha cumplido 105 años. Apenas alcanzaba los diez cuando comenzó la guerra, una etapa en la que el miedo para ella estaba en el lobo y las raposas, y en el frío. «No había tapadura, ni zapatos, ni paraguas. Pasaba las tormentas y el granizo sin nada con lo que resguardarme. No sabe usted lo mal que lo he pasado. He tenido una vida muy amarga, muy mala», afirma. Araceli se acuesta cada día y piensa que a lo mejor me voy a la cama viva y me despierto muerta, pero no tiene miedo y eso a pesar de que, confiesa, quién sabe si hay algo después. Eso solo lo sabe Dios. Es ese Dios el mismo que nunca amaneció con ella, 8 años de niña sin infancia. Rodeada de lobos, de raposas, de nieve, «de agua y de todo. Y mis padres nunca me preguntaron. Se hacía y ya está». Para los años que he vivido, reflexiona y contesta que no se sabe si es mejor vivir que morir. Fue a la escuela hasta los 8 años y se casó «con 20 y alguno», rememora. Eran seis mujeres en casa porque el último en nacer murió a los dos años. Dos eran pastoras, motriles, otra ayudó en casa y las otras trabajaban en el campo. Una de ellas se hizo monja. «Tiene 90 años y está en Cáceres», dice.

Ayer su pueblo, Escuredo de Cepeda, celebró una fiesta en su honor y en el de otra viajera, Leonor García, que va hacia el país de la centuria. «Estaba todo el pueblo allí, en la plaza del pueblo, más las familias de las otras homenajeadas», asegura Araceli.

Ni coser ni tejer

Dice que la vista no la ayuda. «No puedo ni coser ni tejer. Oigo bien y me siento a la puerta de casa, veo la televisión, sobre todo los programas de bailes. Estoy muy contenta, pero ya no quiero vivir mucho más porque igual el año que viene me empiezan a fallar las rodillas. ¿Quién sabe? Que Dios haga de mí lo que quiera». Araceli habla sin dar importancia a las palabras que pronuncia, sin categorizar la aflicción, no intenta hacer literatura y evita la semántica impostada, rehuye la épica. Y esa manera de contar su vida es precisamente lo que la vuelve tan rotunda. «Ahora, a pesar de todo eso, nunca pasé hambre y aún tengo manos de señorita».

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