La mayor sorpresa del eclipse de León, en los últimos minutos
La luz se desploma, la temperatura cae, aparecen planetas visibles en pleno día y el paisaje se convierte en irreal
El eclipse se verá de forma total durante un minuto y medio
Los expertos aseguran que la experiencia más sobrecogedora ante un eclipse no es la ocultación del Sol en sí, sino la transformación repentina del entorno cuando la totalidad está a punto de comenzar. La luz se desploma, la temperatura cae, aparecen planetas visibles en pleno día, los animales alteran su comportamiento y el paisaje adquiere un aspecto que muchos observadores describen como irreal. En apenas unos minutos, sostienen los astrónomos, «el mundo cambia de golpe».
La paradoja de los eclipses totales es que durante buena parte de la fase parcial parece que ocurre menos de lo esperado. Aunque la Luna va cubriendo una porción creciente del Sol, el ojo humano compensa muy eficazmente la pérdida de luminosidad y muchas personas apenas perciben modificaciones significativas en el ambiente.
Sin embargo, esa sensación cambia radicalmente al acercarse la totalidad. La disminución de la luz se acelera, el cielo adopta tonalidades extrañas y la percepción general es la de estar viviendo algo que no se parece ni al día ni a la noche.
Según los estudios y observaciones recopilados por numerosos cazadores de eclipses, es precisamente en esos últimos minutos cuando comienzan a manifestarse la mayoría de los fenómenos asociados a la totalidad. Algunos planetas brillantes pueden hacerse visibles en pleno día, la temperatura ambiental desciende de forma perceptible y la fauna empieza a reaccionar al repentino oscurecimiento. Las aves reducen su actividad o guardan silencio, determinados insectos modifican sus rutinas habituales y los animales nocturnos pueden llegar a activarse brevemente, confundidos por unas condiciones que interpretan como la llegada del anochecer.
Todos esos efectos están descritos en'Los eclipses de Sol, el extenso ensayo publicado este año por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dentro de la colección ¿Qué sabemos de?, firmado por el astrofísico e investigador Alejandro Sánchez de Miguel. A lo largo de más de un centenar de páginas, el autor no se limita a explicar la mecánica celeste que hace posible los eclipses, sino que analiza con detalle los cambios físicos, atmosféricos, biológicos e incluso emocionales que acompañan a estos fenómenos.
Sánchez de Miguel subraya en su obra que la experiencia de un eclipse total es mucho más amplia que la simple observación del Sol cubierto por la Luna. Describe cómo el horizonte «puede transformarse en un crepúsculo de 360 grados, con colores propios de un amanecer o un atardecer visibles simultáneamente en todas las direcciones». Sobre la cabeza del observador, mientras tanto, «el cielo adquiere un tono azul oscuro o índigo que permite distinguir algunas estrellas y planetas brillantes pese a encontrarse todavía en pleno día».
El libro también recoge algunos de los fenómenos menos conocidos, como las llamadas bandas de sombra, «unas ondulaciones de luz y oscuridad que pueden aparecer sobre superficies claras pocos segundos antes y después de la totalidad»; o la sensación de que «la sombra de la Luna avanza sobre la superficie terrestre como una gigantesca pared oscura». Se trata de efectos difíciles de fotografiar y, en algunos casos, incluso de describir, lo que explica que muchos veteranos insistan en que ningún vídeo ni ninguna imagen son capaces de reproducir exactamente lo que percibe el ojo humano durante un eclipse total. Porque un eclipse total no transforma únicamente la apariencia del Sol. De repente, el mundo parece cambiar de golpe, explica este cazador de eclipses.